Friday, May 23, 2008

EL DIBUJO SECRETO DE AMÉRICA LATINA ( por William Ospina)


Desde los tiempos en que Bolívar escribió su “Carta de Jamaica”, una tarea fundamental de este continente es el diálogo entre la unidad y la diversidad. Mentiríamos si dijéramos que nuestra América es una: por todas partes surge la evidencia de su pluralidad: desde los desiertos de coyotes de Sonora hasta los “vértigos horizontales” de la Patagonia, desde los incontables azules del Caribe hasta ese “verde que es de todos los colores” de la cordillera y la selva, desde el aire de fuego de las costas caribeñas hasta la noche blanca de los páramos, desde la fecundidad de valles y de pampas hasta lo que llamaba Neruda “el estelar caballo desbocado del hielo”. Y no hablo sólo de la extraordinaria diversidad geográfica y biológica sino, en ella y sobre ella, de la diversidad de los pueblos y de sus culturas, o de algo más sugestivo aún, los muchos matices irrenunciables de una vasta cultura continental.

En esa misma “Carta de Jamaica” Bolívar afirmaba que “somos un pequeño género humano”. Dos siglos después, hay que quitarle el adjetivo “pequeño” a esa frase, y afirmar que somos una muestra muy amplia de lo que es el género humano, porque tal vez en ningún otro lugar del planeta está más presente la diversidad de la especie. Alguna vez el doctor Samuel Johnson le dijo a James Boswell: “Amigo mío, si alguien está cansado de Londres, está cansado de la vida, porque Londres tiene todo lo que la vida puede ofrecer”. Pero ¿qué son hoy la diversidad de Londres, de Paris o de Nueva York comparados con la diversidad de Sao Paulo, de México, de Buenos Aires o de las Antillas? Las viejas metrópolis se apresuran a imitarnos y se llenan vertiginosamente de inmigrantes, Londres se llena de caribeños pero sin el mar Caribe a la vista, París se llena de muecines y de senegaleses pero no tiene el desierto ni las praderas fluviales de África, Madrid ve llegar a los suramericanos, pero siguen estando lejos los Andes y la selva amazónica.

Europa sigue siendo un continente de tamaño humano, como diría George Steiner: el continente de los cafés, el continente que fue medido por las pisadas de los caminantes, el continente que ha convertido sus calles y sus plazas en una memoria de grandes hombres y de hechos históricos, el continente que descubrió que dios tiene rostro humano. Nuestra América es definitivamente otra cosa, aquí la naturaleza no ha sido borrada, aquí sí hay verdaderas selvas y verdaderos desiertos. Allá todos los caminos llevan a Roma, aquí todas las aguas buscan el río, nada tiene unas dimensiones humanas, todo nos excede, y Dios mismo necesita de otros rostros y de otras metáforas para ser concebido, para ser celebrado.

Fue Paul Verlaine, maestro sensorial y musical de los poetas hispanoamericanos, quien escribió en su arte poética que lo importante no es el color sino el matiz, y creo que si a algo nos hemos aplicado los pueblos de este continente es a desplegar y ahondar en los matices locales y particulares de una cultura cuyos trazos generales son similares. Quiero decir con ello que hay una característica común de la cultura latinoamericana es que nada en ella puede reclamarse hoy como absolutamente nativo, salvo quizás esos pueblos mágicos del Amazonas que nunca han entrado en contacto con algo distinto. En otras regiones del mundo, hasta hace poco tiempo, podía hablarse de pureza, de razas puras, de lenguas incontaminadas. Aquí las mezclas comenzaron muy temprano, no para llegar a lo indiferenciado sino para producir en todos los casos cosas verdaderamente nuevas. Digamos que en nuestra cultura continental casi nada es nativo pero todo es original. John Keats decía que explicar un poema puede equivaler a “destejer el arco iris”; lo mismo podríamos decir del proceso de revelar todas las tradiciones, todas las fusiones, que llevaron al nacimiento de la cumbia o del tango, de Pedro Páramo o del Aleph, de la obra de Niemeyer o la de Borges.

Caminaba yo una vez por un museo de México cuando pasaron a mi lado dos personas y alcancé a oír que una decía a la otra: “Hay tres culturas en el mundo, la asiática del arroz, la europea del trigo y la americana del maíz”. La frase, recibida así “por los caminos del viento” como dice la canción, no me pareció tan importante por su contenido cuanto por su enfoque. Dejaba al África por fuera, y eso ya era grave, pero atribuir la raíz última de la cultura a la alimentación y a los bienes básicos de la naturaleza me pareció original en el sentido profundo de que habla de orígenes. En esa medida podríamos decir que aunque los pueblos nativos de América eran muy distintos unos de otros, aztecas, incas, muiscas, sioux, arhuacos, taínos, los centenares de pueblos que habitaban el continente compartían la cultura del maíz, y no hablo sólo de los hábitos alimenticios sino de los dioses, los ritos y las pautas de civilización que nacen de él.

Hoy se habla mucho de globalización, pero ese proceso comenzó hace siglos. Ya el cristianismo, que fundió en su trinidad mitos hebreos, ideas griegas y ambiciones romanas era un fenómeno de globalización. Y lo que suele llamarse el descubrimiento y la conquista de América fue una de las grandes avanzadas de ese viento global. Hoy, si en algo estamos globalizados, es en el modo como los distintos pueblos del mundo compartimos los productos de la naturaleza: yo he visto maizales en Illinois, en el norte de Italia y en las praderas de Katmandú, he visto trigales en Rosario y en las llanuras de Francia, sé de los arrozales de Birmania y de los del Tolima. Ello parece decirnos que no reinan ya los dioses del lugar, que muchas cosas que antes eran locales son planetarias, que las divinidades del opio, del vino, de la amonita muscárida o del cornezuelo de centeno hace rato reinan sobre el planeta entero y ya no instauran religiones, en el sentido profundo de ritos que religuen a los seres humanos.

En el humano luchan y dialogan dos tendencias distintas: el interminable deseo de arraigar y la insaciable necesidad de otros mundos y otros cielos. Si hasta el árbol, que parece tan condenado a no moverse, arroja al viento sus nubes de semillas y hace crecer sus hijos muy lejos, qué decir de esta especie nuestra siempre insatisfecha, que arraigada en la patria sueña mundos desconocidos, y extraviada en el exilio añora sin fin el paraíso perdido. Hace unas semanas pude ver cómo los noruegos, grandes caminantes y grandes navegantes, que viven hoy en un país próspero y confortable, sienten su costa como un hermoso barco encallado en la vecindad de los hielos, y viven un anhelo profundo de tierras remotas y de mares tórridos. Esto es tan intenso que incluso beben un Aquavit que tiene que haber ido hacia el sur hasta cruzar la línea ecuatorial y haber vuelto, para tener el gusto adecuado.

La humana es una historia de diásporas. Según dicen las noticias recientes, esos dos mil seres a los que alguna vez se redujo la humanidad, en el momento más vulnerable de su existencia, se dispersaron en pequeñas hordas por el mapa del África hace cientos de miles de años, y cuando volvieron a verse eran ya tan distintos, que parecían a punto de configurar varias especies.

Nosotros mismos tenemos que admitir que los nativos de América, los primitivos habitantes del territorio, llegaron algún día por caminos de hielo desde las estepas del Asia, o navegando desde la Polinesia hasta las costas de Chile. Así que todo arraigo es hijo de una diáspora previa, y tal vez todo amor por el suelo nativo oculta la honda nostalgia de una tierra perdida en los meandros del pasado.

Lo nuestro es la edad de las naciones, y entre nosotros esos estados nacionales son un fenómeno tan reciente que casi puede observarse a simple vista. Venimos de formar parte subalterna del primer gran imperio planetario, y hace apenas dos siglos los distintos países emergimos a un intento de vida independiente. Pero ya las sociedades anteriores a la llegada de los europeos habían alcanzado ciertos rasgos distintivos que después la historia no ha podido borrar: el culto al padre mítico y el diálogo con la muerte propio de la cultura mexicana, la fragmentación mítica del territorio propia de la cultura colombiana, la insularidad de la cultura cubana, la noción del triple mundo propia de la cultura incaica, los mundos del cóndor, del puma y de la serpiente, que eran desde temprano la percepción de una realidad en la que tienen que dialogar y entenderse de un modo complejo las montañas nevadas, las fértiles tierras medias y la selva fluvial.

La violenta conquista y la edad colonial rompieron muchas cosas y añadieron muchas otras al mosaico: pienso en la reviviscencia del culto de la diosa madre indígena de las lagunas bajo la forma de las vírgenes mestizas de Guadalupe, o de Chiquinquirá. Hay en el altar mayor de la iglesia de San Francisco en Quito la imagen de una virgen alada y grávida que no es posible encontrar en la iconografía católica europea. Muchos la asocian con la virgen alada que Juan de Patmos describe en el Apocalipsis, pero los estudiosos del arte religioso colonial ven en ella una representación de la Pachamama incaica, con la forma triangular de su traje que evoca las montañas, y dicen que el artista tallador, Bernardo de Legarda, un indígena quiteño, sólo se animó a hacer sus vírgenes aladas, muchas de ellas con rostros indios, cuando vio llegar en barcos a las costas del Pacífico unas muñecas birmanas de madera. Así son los caminos de nuestra cultura: a veces utilizamos los aportes del mundo entero para expresar lo más profundo y original de nuestro ser.

El vistoso politeísmo del santoral católico latinoamericano logra mediante complejas astucias rituales que el culto de un dios único no sea incompatible con el culto de infinitas divinidades menores, identificables y especializadas. Y Derek Walcott argumentó con gran belleza y sabiduría en su discurso para recibir el Premio Nobel de Literatura en 1992, que la mirada colonial, el discurso superficial de las metrópolis, no advierte que en nuestras aparentes imitaciones hay una originalidad nueva, la expresión de algo que no es derivación sino plenitud presente; que la representación del Ramayana que hacen en verano en Trinidad incontables muchachos de origen hindú no es una obra de teatro sino una obra de fe, no es imitación sino originalidad.

En nada se advierte tan nítidamente el modo como lo ajeno se volvió carne y sangre propia como en el vasto tejido de las lenguas europeas llegadas a América, en las que empezaron a circular desde muy temprano las savias del mundo americano, y en cuyas literaturas fue emergiendo la exuberancia de las distintas regiones del continente. Las literaturas americanas son fruto del encuentro de unas lenguas ya formadas con un mundo desconocido. La tensión entre unas lenguas establecidas y un mundo sorprendente representó para nosotros desde el comienzo la tensión entre lo real y lo mágico, ya que la magia no es más que lo que obedece a otras leyes.

Es conveniente recordar que, aunque las civilizaciones del planeta registran una historia varias veces milenaria, hace apenas cinco siglos dos mitades del mundo estaban completamente incomunicadas. La tierra, como la luna, tenía una cara oculta, y el encuentro entre esas dos maneras de lo humano desarrolladas a lo largo de los milenios de un modo independiente planteaba los más apasionantes desafíos para la vida y para la imaginación. Fue algo más extraño aún que si el latín hubiera arraigado en África, fue como si, a consecuencia de las aventuras en el espacio exterior, el inglés arraigara en algún planeta con vida inteligente.

Ahora bien, es muy distinto lo que ocurrió en las dos mitades del continente americano. En el norte la lengua inglesa sólo tuvo que hacer un esfuerzo por reconocer el mundo físico y por permitir que las culturas llegadas de lejos arraigaran en él, en tanto que en la América Latina, donde florecían diversas y complejas civilizaciones, y donde no fueron exterminados completamente los pueblos indígenas, las lenguas latinas tuvieron que dialogar con las lenguas nativas, aunque ese no fuera su propósito inicial, y todavía hoy siguen haciéndolo. Lo que en los últimos siglos, de un modo creciente, ha mostrado nuestra literatura es el modo gradual como asciende a través de una lengua ajena la savia de un mundo nativo, con sus colores y sus metáforas, con sus sueños más inexplicables y sus recuerdos más profundos, con la radical extrañeza de sus modos de representación. Se siente en ella la profusión, la exuberancia, el colorido y la fragancia de una tierra nueva, de unas selvas que no habían sido taladas jamás, de una fecundidad de los suelos, de una abundancia de mamíferos y de insectos, de reptiles y de aves en la que nuestra época de postrimerías bien puede encontrar las virtudes del Paraíso.

La literatura de la América Latina comenzó con las crónicas de Indias. Detrás de las campañas casi siempre brutales de los conquistadores avanzó una asombrada legión de cronistas describiendo la naturaleza, interrogando las selvas, los suelos, los climas, la fauna, las culturas nativas, sus costumbres y sus mitologías. Dado que los grandes letrados permanecieron en el mundo europeo, la historia tuvo que improvisar sus historiadores, sus narradores y sus poetas, con soldados más llenos de curiosidad que de información, hombres apenas formados en la tradición cultural de sus tierras de origen, pero dueños de un singular espíritu de observación y de esa extraordinaria audacia mental que caracterizaba a los hombres del Renacimiento. Y allí ocurrió un fenómeno muy significativo: muchos querían solamente cantar las hazañas de los grandes capitanes de conquista, querían pintar sus retratos con el paisaje de fondo del mundo americano, pero ese escenario era tan vigoroso que muchas veces el retrato se perdió detrás de las selvas y las anacondas, de los caimanes y los ríos, de las tempestades y los pájaros. El mundo americano avanzó como una enredadera sobre las páginas de los cronistas, y lo invadió por completo, y les demostró que aquí el hombre no puede llenar todo el cuadro. Los cronistas de Indias no podían bastarse con repetir lo aprendido en su mundo de origen, y dado que “en los comienzos de una literatura nombrar equivale a crear”, aquellos aventureros tuvieron que inventar un lenguaje y prepararon el terreno para una extraordinaria literatura.

Desde temprano se empezó a hablar en el arte y en la literatura del barroco latinoamericano. Pero si el barroco, como ha dicho Borges, es la manifestación final de todo arte, ese momento en que un lenguaje extrema sus posibilidades y “linda con su propia caricatura”, el arte de nuestros orígenes no podía corresponder a esa definición crepuscular. A los europeos les parecieron barrocas esas fachadas de los templos católicos donde se combinaban de un modo imaginativo y caprichoso los decorados del Renacimiento con los dibujos de las tradiciones indígenas, pero esas cosas no obedecían a razones ornamentales, ostentosas o retóricas, sino a necesidades concretas, una de las cuales era hacer convivir las culturas y fusionar sus símbolos en una estética que difícilmente podía caracterizarse por su austeridad.

Hace poco, visitando la ciudad del Cuzco me contaron que en los primeros tiempos, después de construida la catedral sobre las ruinas del templo del Sol, los sacerdotes católicos les preguntaron a los jefes incas por qué los nativos no entraban al templo, si había sido construido para ellos. Los jefes contestaron que no podían ver como un sitio de culto un lugar donde no entrara el sol. Los sacerdotes tuvieron entonces la idea de abrir unas ventanas hacia el oeste que recibieran la luz de la mañana, y disponer grandes espejos en el interior para que la luz se multiplicara por todas partes. Sólo después de esto los indios entraron finalmente en el templo, pero quizá no del todo a adorar al dios cristiano sino porque el dios solar había hecho suyo el recinto. Y ya en la propia España se habían dado por siglos fusiones entre el mundo cristiano y el moro; la realidad estaba ajedrezada y también la imaginación. Eso ayuda a entender la aparición de un poeta tan extraño y fascinante como Luis de Góngora y Argote, nacido en lo que fueron los viejos reinos moros, y cuyo amor por la sonoridad de las palabras parece pertenecer al orden de la poesía árabe, más interesada por la musicalidad que por el sentido.

Una vez más, allí encontramos la leyenda de una influencia. Se atribuye a una imitación del culteranismo de Góngora la obra del magnífico poeta de Tunja, en el siglo XVII, Hernando Domínguez Camargo. Pero hay que añadir que su profusión de metáforas nacía de una zona fronteriza entre lenguas distintas, entre universos mentales distintos, y revela también un esfuerzo extremo por pertenecer a Europa, pero a una Europa inaccesible para un pobre clérigo de las colonias, una Europa magnificada y desdibujada por la distancia. Esos énfasis son más bien la extrema tensión de un creador que no está en el centro de una cultura sino en sus orillas, la lengua de los que sueñan con otros mundos, una aventura de metáforas comparable a la tradición de los skaldos septentrionales.

Parece barroca la ornamentación de los retablos de los templos y de la pintura colonial, llena de frutos, hojas y flores nuevas, de un bestiario a menudo fabuloso. Pero ¿cómo llamar barroca a la representación de las piñas y de los armadillos, si no son exageraciones ni inventos sino la fidelidad clásica a unas formas naturales? Sería tan necio como hablar del barroquismo del pico enorme del tucán, de los colores del papagayo, o de la exuberancia de las selvas equinocciales. Allí donde la naturaleza es exuberante no estamos en presencia de un énfasis estético sino de otro canon de lo natural, de un clasicismo sujeto a otras leyes.

El arte europeo buscó, desde los griegos, la justa medida y el equilibrio. Buscó también sujetarse siempre a un patrón humano, pues Europa no sólo pensó que el hombre es la medida de todas las cosas sino que llegó a la conclusión de que lo humano es la medida misma de lo divino. Ese es, me parece a mí, el sentido del Cristianismo. Y sólo por esas nociones el arte europeo evolucionó hacia la búsqueda de la perspectiva, del naturalismo, del arte del retrato, del realismo, de la minuciosidad del dibujo, y de la fidelidad a las formas, de un modo que ya en el Renacimiento estaba alcanzando su plenitud.

Pero el descubrimiento de América fue también una metáfora de la necesidad que sentía Europa de salir de sí misma, la sed de descubrir los mundos no europeos que había en este mundo. A partir del siglo XVI, de un modo creciente, comenzaba en Europa en todos los reinos del espíritu, en la filosofía, en la política, en el arte, en la poesía, la crisis del centro, la crisis de la forma y la crisis de la proporción. Empezaron los sueños de la Utopía y del buen salvaje, de las Nuevas Atlántidas y de los Eldorados, creció el gusto por las especias exóticas, y comenzaron las fugas míticas en busca de lo nuevo. No deja de ser significativo que hayan sido los finales descubridores de otras tradiciones estéticas, impresionistas y expresionistas, quienes emprendieron una lucha contra la perfección del dibujo, un proceso de experimentación y de abandono de cánones estrechos y de normas rígidas.

El arte americano nace de una tensión entre las formas del lenguaje europeo y las convulsiones de un mundo que no logra agotarse en lo humano. Como lo dijo antes de Steiner, el inglés Auden, hay en América verdaderas selvas y verdaderas tierras vírgenes, ríos desmesurados y civilizaciones incomprendidas. “En Europa, dijo Auden, un viajero, por perdido que se encuentre, está a media hora de un sitio habitado, en tanto que no hay americano que no haya visto con sus ojos comarcas prácticamente intocadas por la historia”. Aquí el patrón humano no logra aprisionar todo el sentido, y los artistas sintieron la necesidad de transgredir la norma áurea, la escala europea de las proporciones. Eso ahora es menos difícil, porque también el arte europeo se ha lanzado a la búsqueda de un nuevo sentido de la belleza, y ya en el siglo XIX el hombre que sintetizó esas búsquedas de la modernidad, Charles Baudelaire, había escrito en uno de sus poemas:

Plonger au fond du gouffre, Enfer ou Ciel, qu’importe?
Au fond de l’inconnu pour trouver du nouveau.
(Hundirse hasta el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa? / Al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo.)

Todo habitante de América, a pesar de sus esfuerzos por habitar en la polis en el sentido urbano del término, vive en la vecindad de una naturaleza no conquistada del todo, a medias innominada, en gran medida desconocida. Cuando pensamos que casi toda la farmacia europea nace del conocimiento de las seis mil especies vegetales que pueblan el continente, y que la América equinoccial tiene cincuenta mil especies de plantas, de cuyas propiedades sólo tienen un conocimiento profundo los chamanes amazónicos, entenderemos mejor cuál es el sentido abrumador de la presencia de la naturaleza en el imaginario del hombre americano. La naturaleza no es aquí algo conocido, (la verdad es que en ninguna parte lo es) pero en América es más difícil caer en la ilusión de que tenemos al mundo dominado y sometido, de que lo tenemos domesticado. Y ello, que podría parecer un fenómeno exterior, el tipo de relación que establecemos con los bosques y los ríos, con los animales y los climas, es algo que incluye también la relación con nuestro propio sentido de humanidad y con nuestro propio cuerpo.
Nuestra América es todavía el reino de la perplejidad, y a ello contribuyen por igual las tensiones y los desajustes entre la realidad y el lenguaje, los mestizajes y los sincretismos. No deja de ser asombroso que esas tierras ya suficientemente complejas por su composición geográfica y biológica, se hayan enriquecido más aún con el aporte de razas, lenguas, tradiciones, religiones, filosofías, modelos económicos e ideales políticos llegados de otras partes.

Pienso en mi país, Colombia, por ejemplo, donde no somos mayoritariamente blancos europeos, ni indios americanos ni negros africanos sino uno de los países más mestizos del continente, en una región que es a la vez caribeña, de la cuenca del pacífico, andina y amazónica, que habla una lengua que es hija ilustre del latín y del griego, que profesa una religión de origen hebreo, griego y romano, que ha adoptado unas instituciones nacidas de la Ilustración y de la revolución francesa, que fue incorporada al orden de la sociedad mercantil y a la dinámica de la globalización hace ya cinco siglos, y siento que estamos amasados verdaderamente de la arcilla planetaria, pienso en esta América Latina, que produjo buena parte de las riquezas con las que se construyó la moderna civilización europea, y me digo que es apenas comprensible que el arte y la literatura que surgen de esa colorida complejidad estén más llenos de fusiones de lo que uno pueda imaginar, y que esas fusiones puedan alcanzar por momentos interesantes y apasionantes síntesis de la cultura planetaria.

Uno de los fenómenos más interesantes de nuestro mundo americano y en especial de la región equinoccial es el modo como participamos de la franja ecuatorial, del paralelo cuatro que produce no sólo la mayor diversidad biológica sino buena parte del oxígeno que respira el planeta. Es la región donde no hay estaciones, es decir, donde la naturaleza no descansa, donde el suelo no duerme, donde el sol y el agua mantienen, por decirlo de ese modo, en un insomnio permanente. Se diría que es la región perfecta para que los sueños broten de la vigilia. La luz produce otro colorido, el cielo está aborrascado de nubes gigantescas, la lluvia a veces produce diluvios interminables, es región de aterradoras y fantásticas tormentas eléctricas, de truenos ensordecedores, de inundaciones y avalanchas. Los ríos cambian de cauce y la superficie de la tierra se estremece a veces acomodándose a la actividad de las profundidades.

No somos plenamente indígenas, ni europeos, ni africanos, pero nos nutrimos sin cesar de esos orígenes para al mismo tiempo diferenciarnos de ellos. No hace mucho, un escritor amigo mío, de una población que se afirma cada vez más como afrocolombiana, tuvo la oportunidad de encontrarse con un escritor de África, y le expresó su alegría de estar hablando con alguien con quien podía identificarse plenamente. El otro, con gran cortesía y sabiduría a la vez, le dijo que ellos dos no eran muy semejantes. Y claro que se lo decía sobre todo para formular un desafío tácito. “En realidad somos muy distintos, le dijo, nosotros somos africanos, ustedes son negros”. Mi amigo lo escuchó con extrañeza. Y el hombre de África añadió: “Ustedes descienden de esclavos. Nosotros nunca hemos sido esclavos”.

Es evidente que los negros americanos tienen que afirmarse en algo más que en su común origen africano, sin negarlo, tienen que sentirse más decididamente parte mitológica del mundo americano, y luchar por su originalidad aquí, en diálogo con este mundo en el que viven hace ya cinco siglos. También para ellos son esos versos de Leopoldo Lugones:

Que nuestra tierra quiera salvarnos del olvido,
Por estos cuatro siglos que en ella hemos servido.

Y al mismo tiempo, hay que saber que sin esa savia vital que llegó de África, nadie en América Latina sería lo que es. Todos tenemos derecho a reclamar “la parte de África” en nuestro ritmo, en nuestra carne y en nuestra imaginación. Todo es cuestión de ver bien los matices. Y lo mismo puede decirse de “la parte de Europa” y de “la parte de América”.

Los hispanoamericanos podemos sentirnos españoles sólo hasta el día en que vamos a España, ese día comprendemos para siempre que somos otra cosa, y ese descubrimiento puede ayudarnos incluso a amar a España, a admirar a España, a descubrir a España.

Ahora bien, el modo como está lo indígena en nuestra cultura mestiza, me resulta más fácil pensarlo recurriendo a la literatura. Siento que hay, por ejemplo, en la obra de Gabriel García Márquez, una manera de pensar y de sentir que no es en rigor occidental, que se resuelve en imágenes y en variaciones, como aureola o resplandor de los hechos centrales. Se diría que hay algo de estirpe indígena en cierto modo de presentar los hechos y de no resolverlos mediante argumentaciones, digresiones y teorías, sino mediante trazos y figuras que satisfacen a un tiempo al sentimiento y a la imaginación. García Márquez pertenece a un mundo profundamente influenciado por ese pensamiento mágico, pero suele repetir que a pesar de saber muy bien cómo era la historia, o el río de historias que pensaba narrar, encontró con claridad su tono y la certidumbre de sus recursos cuando leyó la novela “Pedro Páramo”, del mexicano Juan Rulfo. Tal vez lo afectó la libertad con que Rulfo se deja influir por el viento de las voces indígenas, por el modo de estos sueños americanos, por la persistencia en la vida cotidiana de los mitos profundos de su pueblo.

Así, en la novela “Cien años de soledad”, nada sabemos de la singular relación que hay entre la madre, úrsula Iguarán, y su hijo mayor, José Arcadio, hasta el día en que este decide abandonar el pueblo, enrolado en la tropa de los gitanos. En cuanto se da cuenta de su ausencia, Ursula sale en su búsqueda abandonando todo lo demás, su marido, su casa, sus otros hijos, dejando de ser el centro de gravedad de su mundo. José Arcadio es el primer nativo que abandona el pueblo y se aleja por el mundo distante con el que su padre siempre ha soñado. Yendo tras él, Úrsula llega a sentirse tan lejos que ya ni piensa en regresar, y encuentra al fin el camino hacia el mundo que todos los hombres del pueblo habían buscado en vano. Años después, el hijo regresa transformado por la ausencia, cruza el pueblo y la casa y avanza sin detenerse por los pasillos y los cuartos saludando con un gesto a quienes ve, pero sólo llega al final de su viaje cuando encuentra a Úrsula. Está desandando el camino de su fuga, el camino por el cual su madre lo había seguido, y sólo se detiene al llegar nuevamente junto a ella. Ese doble movimiento que primero nos revela la importancia que tiene para ella el hijo, y después la importancia que la madre tiene para él, muestra el lazo invisible que los une y que nunca delataron sus diálogos.

Y es por este dibujo secreto, intensamente trazado en nosotros por el relato, es por ese surco entre ambos, que, sin saberlo, estamos dispuestos a creer uno de los episodios fantásticos más poderosos de la novela, aquel en que un hilo de sangre sale del hijo muerto, va recorriendo pasillos y calles y andenes, y no se detiene hasta encontrar a Úrsula y llevarle el mensaje de la muerte. De nuevo vemos el movimiento contrario, y es ella ahora quien siguiendo el hilo encuentra al final el cadáver de su hijo. Este dibujo ancestral del hilo de sangre que busca su fuente es una de las imágenes más bellas y memorables de la novela, y sospecho que nuestra mente la hospeda con tanta facilidad y gratitud porque no es un trazo arbitrario sino una necesidad de la historia; nos muestra poderosamente, con el poder de la poesía y del mito, la inexpresada relación del hijo con la madre, el lazo de la sangre materna convertida en camino del hijo, sendero de sus fugas y de sus retornos, de su soledad y de su muerte.
Algo en la moderna novela occidental ha tendido a abandonar los juegos libres de la imaginación, a subordinar las historias a las ideas y a abundar en tesis y en teorías. Desde las minuciosas reflexiones de Dostoievski sobre los motivos de la conducta humana, pasando por la sobreabundancia de propósitos intelectuales del infinito Ulises de James Joyce, hasta el tono ensayístico de muchas novelas de Thomas Mann, la narrativa procuró a menudo abandonar el viejo hábito de soñar libremente, de dar vuelo a la imaginación y de permitir que lo fantástico y lo real se combinaran a su antojo. Ese había sido el espíritu de las epopeyas clásicas, de las historias del ciclo de Bretaña, del Nibelungenlied, de la Comedia dantesca y del Orlando Furioso. Y por supuesto ese es el espíritu de las dos obras orientales que más han influído en nuestra civilización: la Biblia y las Mil y una Noches.
Lo que más asombró al barón Alexander von Humboldt en su viaje por la América equinoccial fue la imposibilidad de encontrar como en Europa bosques de una sola especie, porque en cada pequeño espacio proliferaban decenas de especies distintas. Lo que mejor ilustra la correspondencia de nuestra literatura a este mundo es la abundancia febril de las formas de su imaginación; no sólo la vivacidad de los elementos y la intensidad del color, eso que Chesterton llamaría, hablando del posible origen criollo de Robert Browning, “una teoría de orquídeas y de cacatúas”, sino incluso la tendencia continua a contrastar distintas etapas de la metamorfosis de los hechos y de las cosas. En nuestro continente el tiempo fluye de un modo vertiginoso. Hemos tenido que pasar en cinco siglos de los altos imperios comunitarios a las disgregaciones de la posmodernidad, de la vasta e indemne selva continental a las paredes apocalípticas de los incendios que cercan y carcomen la selva amazónica para sembrar soya, de las praderas del bisonte y del indio a los aviones estrellándose contra los acantilados de cristal de las torres gemelas.
Durante mucho tiempo, la América Latina se gastó en el esfuerzo de alcanzar una lengua propia, de convertir las arrogantes y rígidas lenguas que llegaron de Europa en lenguas nutridas por la savia del mundo nuevo. Sólo a fines del siglo XIX, con la labor de los extraordinarios poetas y narradores a los que llamamos modernistas, simbolizados por el más melodioso de ellos, el nicaragüense Rubén Darío, conquistamos por fin unos recursos literarios capaces de enfrentar el desafío de nombrar plenamente nuestro mundo, y de dialogar con las otras literaturas del planeta. El siglo XX nos ha visto emprender esa tarea: las obras de los modernistas, de Rubén Darío, del mexicano Alfonso Reyes, de tantos autores en todo el continente, han madurado esos recursos. Y después, entre los numerosos autores del medio siglo y del llamado “realismo mágico”, surgieron muchas voces que de algún modo resumen la pluralidad de ese clamor continental. Entre ellas es necesario mencionar a Juan Rulfo, cuya obra breve e inagotable muestra los viajes de la lengua española en la profundidad de la memoria mexicana, a Pablo Neruda, cuyo canto de piedra y de selvas explora y celebra por igual naturaleza y la historia, a Gabriel García Márquez, cuya Biblia pagana del Caribe condensa la elocuencia de la lengua de Cervantes, el pensamiento mágico de los pueblos indígenas y la alegría, el colorido y la sensualidad de los hijos de África, y a Jorge Luis Borges, quien, interesado por la poesía gauchesca y por la cábala judía, por el Islam y por el budismo, por las mitologías del Indostán y por las sagas nórdicas, en el mayor país de inmigrantes, supo recoger la memoria de todas las bibliotecas y sentir el rumor del planeta entero mezclado en nuestras venas y en nuestras almas.
Todavía estamos en el deber de interrogar cómo puede ser ese diálogo nuestro de lo uno con lo diverso, pero yo diría que no lograremos integrar a la América Latina mientras nos neguemos a ver la infinidad de sus matices, la riqueza sutil de sus diferencias. Es urgente abandonar los nefastos conceptos de subdesarrollo y de Tercer Mundo, que pretendían hacer del desarrollo un camino prefijado y exterior. Hijos de la edad de los descubrimientos, engendrados en las primeras avanzadas del mercantilismo, herederos de las lenguas, las religiones y las instituciones de Europa, nosotros somos el primer gran fruto de la globalización.
Pero ahora se hace evidente que el énfasis en lo universal despierta enseguida la necesidad y la defensa de lo local. Desde que comenzó la prédica imperativa de la globalización ya no nos bastan las naciones, cada región del globo, cada aldea, cada tradición pugna por hablar, por diferenciarse, por existir. Hay un verso del poeta colombiano León de Greiff, al que él, traviesamente, llamó “la fórmula definitiva y paradojal”. Esa fórmula dice. “Todo no vale nada si el resto vale menos”. Es paradójico que alguien hable del todo y del resto, pero en términos lógicos es comprensible. El todo no sólo es la suma de las partes, es también diferente de las partes. Y no se puede hablar del todo, del amor por la totalidad, para predicar el descuido de lo particular y de lo fragmentario. Creo que esa fórmula significa: el bosque no vale nada si el árbol vale menos, la especie no vale nada si el individuo vale menos, el universo no vale nada si cada lugar en él es deleznable. Las naciones son importantes, pero necesitamos con urgencia un diálogo nuevo, de cada lugar con todos los otros y de lo local con el universo. Se diría que necesitamos un diálogo de los dioses del lugar con el omnipresente y disperso dios de Spinoza, y ello supone no sólo el respeto por el universo como un todo, por el planeta como un todo, sino la recuperación del sentido sagrado de cada arroyo y de cada peñasco, de cada árbol y de cada criatura. Y creo que no es la política sino sólo el arte quien sabe ver a la vez el conjunto y el detalle.
Es verdad que los seres humanos no podemos sobrevivir sin perturbar, pero ya empezamos a comprender que tampoco sobreviviremos si perturbamos demasiado. Hoy el mundo siente el peso oneroso de la especie humana, advierte demasiado su presencia, siente la rudeza y la torpeza de nuestra relación con las cosas, y es evidente que se hace necesario el aprendizaje de la levedad, de no pesar mucho, el aprendizaje de la invisibilidad, tan contrario a esta manía moderna de lo que es excesivamente visible y estridente, el aprendizaje de la delicadeza, y el aprendizaje de la sutileza, lo que adivinaron los primeros críticos de la modernidad, que dios está en los detalles, que lo importante es el matiz más que el color, que frente a la excesiva pretensión de conocimiento no necesitamos entender todo sino comprenderlo, y que no necesitamos saber todo para disfrutarlo y agradecerlo.
De la América Latina podemos decir que es uno de los pocos sitios del planeta donde todavía queda la naturaleza, muy vulnerada pero todavía cargada de sus atributos originales. Nosotros somos, además, la Europa que se fue y que se mezcló de lo distinto, y mucho tenemos que enseñarle a esa Europa que sólo ahora está sintiendo la vecindad física del resto del mundo. Nuestra rica cultura continental ha experimentado las fusiones, y ha alcanzado poderosas síntesis. Los males del mundo se ven mejor desde las orillas que desde el centro, porque los viejos centros estuvieron siempre demasiado engreídos de su importancia y no veían más allá de su horizonte, y en cambio los nuevos centros de la esfera participan de los atributos del centro y de la orilla. En esa medida es verdad que en los sótanos de nuestras ciudades está el Aleph, está el universo.
Tenemos un mundo a medias conquistado, y a medias demorado, por fortuna, en sus atributos originales. La modernidad, la era tecnológica, el prodigio científico han hechizado nuestra realidad de un modo fascinante y peligroso. Estamos, como decía el poeta Aurelio Arturo, “con un pie en una cámara hechizada y el otro a la orilla del valle, donde hierve la noche estrellada”. Y ya nada es tan importante como encontrar un equilibrio entre nuestra capacidad de modificar el mundo y nuestra necesidad de conservarlo, entre la tarea de construir una morada humana y el deber profundo de respetar el universo natural. Si nuestras naciones fueron los primeros frutos modernos de la globalización: son escenarios propicios para que encontremos también sus límites. Porque la especie humana, envanecida de sus derechos ha olvidado la pregunta por sus límites y necesita con urgencia un sentido responsable y nítido de esos límites. De esa delicada tarea, bien podría depender el destino del mundo.

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RIOS DE GENTE ( por Ramón Mejía)

Solidaridad con la gente valiente de Honduras.

Estimados amigos:

Mi nombre es Dennis Ávila. Soy hondureño. Amo la paz y la justicia. Vivo en San José hace 7 meses y he tenido la oportunidad de hacer amistad con buenos poetas y otras personas bastante sensibles y concretas. Por tal razón me dirijo ante ustedes para que nos apoyen con su firma o su opinión acerca de uno de los acontecimientos más extraordinarios que han sucedido en mi país en las últimas décadas: LA HUELGA DE HAMBRE DE LOS FISCALES. Como será de su conocimiento, la huelga cumple hoy 32 días. Además se han unido a ellos artistas y otras personas muy valientes que suman más de 15 días en huelga de hambre. Yo conozco mi país y conozco sobre todo su potencial humano, el calor de su gente, el deseo colectivo por la paz. Desgraciadamente las cosas negativas que han sucedido en Honduras son consecuencia de una idiosincrasia pasiva en las mentes de seres humanos que están acostumbrados a aguantar de todo, a no levantar la voz, a una exigua vocación para erradicar la corrupción, que es hoy por hoy la causa por la cual tenemos tantos problemas en seguridad, educación, salud y justicia. Este grupo de fiscales se cansó de que eso suceda, y por tal razón están reclamando en nombre de todos los ciudadanos hondureños, arriesgando sus vidas y la seguridad de sus familias.

Estoy seguro que muchos de ustedes están bastante informados sobre la situación, sin embargo me parece pertinente comentar algunas cosas en vista de que los medios nacionales no han dado mayor cobertura sobre este problema de interés centroamericano. La raíz del asunto es la siguiente: en el Ministerio Público se ordenó archivar documentos fundamentales para contrarrestar la excesiva corrupción, dejando en evidencia la poca igualdad social en la administración de la justicia, favoreciendo exclusivamente a los grandes corruptos que tienen a Honduras en su peor desgracia. Ante este evento oscuro en la administración pública, estos empleados del gobierno organizaron la huelga de hambre en el Congreso Nacional, desde el 7 de abril anterior, exigiendo el acceso a estos archivos determinantes para desenmascarar a los culpables de los delitos más grandes cometidos en los últimos años. En segundo lugar, sugieren la expulsión del Fiscal General, Leonidas Rosa Bautista, y del segundo al mando, Omar Cerna. El Congreso Nacional, presidido por Roberto Micheletti aboga a favor de las principales autoridades del Ministerio Público, acusando de INCONSTITUCIONALES las exigencias de los fiscales, y argumentando en un principio que no se podía hacer nada, hasta el día de ayer que, después de tantos días de negociación, se aprobó la Ley de reforma al Ministerio Público, con ciertas condiciones que no resuelven las exigencias finales de los huelguistas. Lo interesante del caso es que este evento ha terminado de desenmascarar el divorcio inminente entre dos de los grandes poderes del estado: el presidente de la República , Manuel Zelaya Rosales, sugiere pertinente la separación de Rosa Bautista y Cerna, en vista de que no están colaborando para combatir la corrupción, y prueba de ello, el sábado por la media noche llegó a firmar el Libro de Solidaridad con los huelguistas y según un medio de comunicación declaró públicamente que tanto los fiscales como todas las personas inmiscuidas en esta dolorosa huelga serían considerados Héroes Nacionales.

Cada día aparecen más situaciones por aclarar, más escenarios para confundir. Algunos medios de comunicación hondureños están atiborrados de intereses políticos y malversan la información. Lo triste de todo esto es que mientras se le dan tantas largas al asunto, la salud de estas personas tan dignas corre mucho peligro. Es lamentable que sigan sucediendo estas cosas en Honduras y en tantos otros países, por eso es un buen momento para seguir siendo radicales y presionar con un inmenso grano de arena para que se resuelva la situación de una buena vez, ya que los que amamos la paz y la justicia no podemos permitir que una de estas personas muera por la incompetencia e indignidad de los gobernantes.

Ustedes están en la libertad de discernir acerca de esta información, pero estoy seguro que la mayoría de nosotros apuntamos a una misma dirección, donde las mujeres y los hombres abracemos la misma utopía.

Es posible que este documento, de manera íntegra, no vaya a ser publicado en Internet, pero sí considero necesaria hacer pública la recolección de las firmas, por lo que considero fundamental que de estar completamente de acuerdo con esta lucha intensa, por favor contestar a mi correo con su nombre completo (no es necesaria cédula ni pasaporte), de esta forma se podrán adjuntar a otros listados de personas que desde hace algunos días colaboran en hacer presión. Si tienen una opinión más extensa y especializada sobre el asunto, también pueden enviarla a mi correo, haciendo énfasis sobre la aprobación de publicarla o no en algún blog u otro medio específico. Respetaré sus palabras y también sus silencios. Muchas gracias por su atención, y por favor, pasar esta carta a las personas que estimen convenientes.

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OSCARILANDA O EL RESURGIR DE ROMA ( por Luis Mata)

Ilustración por Jorge Ilieff

Segunda acto

Analizar los dos primeros años de gobierno, en otro caso, sería harto difícil en tan poco espacio; sin embargo, para el caso que nos ocupa, el del actual gobierno, se puede resumir en pocas cosas: retórica, más retórica y más retórica o en tico, discursos, más discursos y más discursos. El único plan de gobierno en dos años, ha sido, es y será, la aprobación del TLC, sus leyes conexas y los decretos ejecutivos que se guardan bajo siete llaves en las oficinas de Zapote.

El gobierno anuncia haber bajado la pobreza: Mueren niños y niñas por desnutrición; cuál Roma Imperial, obvia el tema y prefiere que se construyan monumentos a la soberbia como el anunciado estadio en la sabana o se cierre un museo para que sirva de lobby a su sueños de grandeza. En los tiempos de cesares que nos ha tocado vivir, sigue vigente aquello de “al pueblo pan y circo”, sólo que ahora, con los altos precios del pan, mejor sólo circo; no vaya a ser que el ex presidente de la unión de cámaras, se resienta por tener que regalar algo del patrimonio familiar.

El tema educación sirvió únicamente para tener algo –aparte de la necesidad del TLC y todas las aperturas posibles— de que hablar en la campaña pasada; sigue el faltante de pupitres, aulas, maestros y maestras, computadoras y un larguísimo etcétera, por los siglos de los siglos amén; los profesores y profesoras, dan clases, pero reciben parte de su salario. Nada se resuelve y a pesar de los cacareados superávits, el 8% para educación, es una promesa vacía de quienes lo hacen, sabiendo de antemano que no van a cumplir.

En seguridad ciudadana el temor que se respira, es público y notorio, tanto, que hasta da para que algunos y algunas, con sueños de garrote y leño, de bala y gas, de represión total, salgan a decirle a la ciudadanía que “hay que defenderse”, para recuperar la paz de las calles; claro, sin cuestionar ni por un instante, las razones de fondo del problema, que provienen de una ideología que vende la idea de tener para ser, sin que importe el cómo se obtienen los símbolos que nos harán personas.

El desarrollo que propone el gobierno y por el que trabaja en estrecha colaboración con su fracción de 38 diputados, es el de guerra con la naturaleza, construcción de megaproyectos, venta de tierras al mejor postor, la desaparición del estado social, para dar campo al “tanto tienes, tanto vales”, con un estado clientelar que no regala bonos ni becas, porque los da a cambio de que le sonrían sus gracias en cada entrega.

En dos años de gobierno ha sido culpa de la oposición, de los sindicalistas, comunistas, atrasados, extraterrestres y demás yerbas, que el ejecutivo no haga nada. Con un discurso macartista, la oposición ha sido reducida por el gobierno, a un grupo de extremistas que no entendemos la labor presidencial, ni sus alcances. Mientras todo eso sucede, el costo de la vida sube, sube y sube y los precios de la canasta básica convierten el mes a mes, en un ejercicio de sobrevivencia para lo que queda de la clase media, hacia abajo.

El combate a la corrupción, presenta hechos que por sí solos desmienten al gobierno: el ex ministro Berrocal quiso superar al maestro y lanzó acusaciones teledirigidas, pero sin decir nombres; como los “daños colaterales” de las bombas inteligentes que se lanzan en Irak, su problema consistió en poner a funcionar el ventilador y enlodar a todos y todas en general y a nadie en particular; ya no se pudo repetir la maniobra de las calcomanías de finales de los ochenta del siglo pasado, ni la deplorable frase de “autoridad política superior” y por eso, mejor lo renunciaron; no fuera a ser que en su fallida comparecencia ante la Asamblea Legislativa, dijera algo que pudiera dañar a la fracción del gobierno, que usa otras siglas, pero piensa y actúa igual y de la qué, dos de sus integrantes, fueron vices del Ministerio de Seguridad.

Las “renuncias” en SETENA o el despido en el Mélico Salazar, son dos muestras claras de que la voluntad del gobierno en combatir la corrupción, es inversamente proporcional a que se apruebe la desaparición del estado social de derecho y la Costa Rica de oportunidades, que durante medio siglo nos diferenciaron de Centroamérica; en su afán igualador, esta administración logrará lo que no se logró con el Parlamento Centroamericano; el que nos unamos al resto del istmo, pero por obra de la pobreza.

El macartismo del gobierno, funciona únicamente para el consumo interno; para el externo, don Oscar se sienta en primera fila en cualquier concierto de cantante de izquierdas que aparezca; da lo mismo si es Mercedes Sosa o Joaquín Sabina; el punto es saludar y validarse internacionalmente, como un hombre progresista y de avanzada; algún iluso podría suponer en tal actuar como una contradicción; la diferencia es que, como los comerciantes, se tienen productos para el consumo interno y para el consumo externo; para adentro, el lenguaje de guerra fría que olvida que la democracia es el respeto a la diversidad de ideas y credos; para afuera, el nobel de la paz y la retórica de avanzada, las relaciones diplomáticas con China –sin mencionar ni condenar el asunto del Tibet– y la Autoridad Palestina.

En dos años de gobierno, lo que hemos visto es imposición en lugar de diálogo; disposición de fondos públicos y promesas vacías, para aprobar TLC y agenda complementaria, hemos visto como la brecha entre ricos y pobres, no es brecha, sino abismo; las cifras económicas halagadoras de la macroeconomía, son macro para unos pocos y micro, para la mayoría, que cuándo se habla de defender los intereses de la sociedad, se refieren a los intereses de las sociedades anónimas y que la democracia representativa, se refiere a los representantes de determinados intereses.

Los dos años de gobierno han sido una prolongación de la campaña publicitaria electoral, con miles de promesas y cero logros, excepto, el de haber polarizado a nuestra sociedad.

LEON GIECO EN SAN JOSE ( por Isabel Ducca D.)


León Gieco, de San Carlos hacia Solentiname, Nicaragua, abril, 2008
Durante la gira con
la Orquesta del Río Infinito
foto por Julia Ardón.


L
eón Gieco merece mucho más que un comentario de unos párrafos para no aburrir al lector. Se merece un homenaje que, por supuesto, no alcanzaré a hacer. A pesar de eso, me atrevo a hablar de este cantautor porque muere, renace, resucita y le canta a la vida, al amor y a la solidaridad desde una América Latina desgarrada, herida y sangrante por quinientos años de bandidaje extranjero y nacional. Para quien no sepa de quién se trata. León Gieco es el autor y compositor de ese himno a la paz que ha recorrido el mundo de habla hispana: “Solo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente. Es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente…”

Si la indiferencia es la muerte del alma, si la indiferencia es la muerte en vida, si la indiferencia es acostarse con el egoísmo en un lecho de hielo, León Gieco es un canto al calor humano, a la hoguera donde se dora y reconforta el corazón que ha sufrido la derrota y la traición. Su poesía cantada es un llamado, una alerta, un pensamiento y una mano que se tiende a todo aquel o toda aquella que se niega a perder su capacidad para sentirse humana en y con los otros. Su trayectoria no se mide por sus éxitos, que los tiene indudablemente, se mide por su entrega a la música y a la canción que se unen para engrandecer la memoria histórica y la memoria del alma. Hay quienes le hablan únicamente a la memoria racional, al deber de no olvidar. Él no solo ha estado pendiente de la historia y la política, ha acudido al país de la libertad de donde regresa con una luz para recordarnos que los seres humanos padecemos siempre de dos hambres. Por eso afirma: “Búsquenme donde se esconde el sol, donde haya una canción; búsquenme a orillas del mar besando la espuma y la sal…”

Besar la espuma y la sal… Nada más delicado que un beso a la espuma y nada más áspero que un beso a la sal. Quizás esta conjunción sea la síntesis de su poética. Es un grito de dolor y esperanza al mismo tiempo.
Es un espacio para la ternura del amor solidario y la dureza del dolor de la crueldad. Es, en fin, algo como: “Hombres de hierro que no escuchan la voz, que no escuchan el grito, que no escuchan el llanto…” Es el encuentro de la denuncia radical amarrada a un papalote con la mirada de los y las niñas con hambre. Pero León Gieco no se queda en la comprobación de dónde viene: “Yo soy del continente del miedo, yo soy del continente del fuego…” porque con sus años a cuestas sabe porque lo vivió que: “Gente que avanza se puede matar pero los pensamientos quedarán…” y, por eso, llega a lo más profundo cuando afirma que son los jóvenes quienes traen el futuro: “Suelta, muchacho, tus pensamientos como anda suelto el viento. Sos la esperanza y la flor que vendrá en la nueva tierra…”.

Es un crimen que yo transcriba aquí algunos versos de sus canciones pues sin su melodía pierden lo mejor, ya que no sólo es un poeta sino que también es un gran compositor y un gran músico, producto de una vida dedicada a la investigación de ritmos y folclor. Sin renunciar nunca ni olvidar su origen “rockero”, siempre está innovando y recordándonos las dulzura de ciertos ritmos autóctonos. No quiero cerrar sin referirme a una de sus canciones, quizás, para mí una de las más bellas. Se llama Soy un pobre agujero y dice así:

“Me pueden mirar de arriba hacia abajo,
y yo de abajo solo puedo ver el cielo.
Soy, soy, solo soy un pobre agujero.
Hace ya tiempo guardo hojas del invierno,
y revivo a veces un sapo sediento.
Ni siquiera soy el de la guitarra,
ni vendrán los arqueólogos en busca de un hueso.
No tengo cuerpo ni me sopla el viento,
para el arreglacalles quizás no molesto.
Hace ya tiempo que soy amigo de un trapo,
y de un solo gusano que el sol pone ciego.
Después de las lluvias crio renacuajos,
pero cuando se van quedo solo en silencio.
Vivo tranquilo en mi solo bolsillo
casi siempre vacío o de algún bicho pasajero.
Soy, soy, solo soy un pobre agujero.”

Los poetas que se tejen y se entretejen con los hilos de la vida y con los afluentes de la sencillez, le cantan a la cigarra como los líricos griegos, a la cebolla como Neruda, al pan que se quema en el horno como Vallejo, a la piedra pequeña como León Felipe. Este pobre agujero que, desde su rincón, cumple una función y deja que vayan y vengan las minúsculas presencias y así pone su granito de arena, no deja de ser una de las lecciones fundamentales que me da León Gieco. Pensar en lo más elemental con amor y respeto no es sólo un ejercicio de la imaginación y de la fantasía. Gieco viaja a la fantasía y a la imaginación para asaltar por sorpresa a la realidad.

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GIOCONDA BELLI: CREO QUE EL ARTE Y EL ARTISTA DEBEN SEGUIR COMPROMETIDOS CON LA CALIDAD


La poeta y novelista Gioconda Belli nació en Managua, Nicaragua. Participó, desde el año 1970, en la lucha contra la dictadura de Anastasio Somoza como miembro del Frente Sandinista.

Vivió exiliada en México y Costa Rica. Ocupó varios cargos partidarios y gubernamentales en la Revolución Sandinista en los 80. En 1993 salió del FSLN y en 1996 participó en la fundación del Movimiento Renovador Sandinista.

Su primer libro Sobre la Grama (1972), ganó el premio de poesía de la Universidad Nacional de Nicaragua. En 1978 obtuvo el Premio Casa de las Américas (Cuba) por su libro Línea de Fuego. Entre 1982 y 1987, publicó tres libros de poesía: Truenos y Arco Iris, Amor Insurrecto y De la costilla de Eva.

En 1988 publicó su primera novela, La Mujer Habitada, que obtuvo el Premio de la Fundación de Libreros, Bibliotecarios y Editores Alemanes y el Premio Anna Seghers de la Academia de Artes de Alemania, en 1989. En 1990 publicó la segunda novela, Sofía de los Presagios, y posteriormente el cuento para niños “El Taller de las Mariposas”, con el que ganó en 1992 el Premio Luchs del Semanario Die Zeit. En 1996 publicó la novela Waslala, y en 1998 otro libro de poemas, Apogeo. En 2001 apareció El País bajo mi Piel, una memoria de sus años en el sandinismo, destacado como uno de los mejores libros del año por el Diario Los Angeles Times. En 2002 ganó el Premio Internacional de Poesía Generación del 27 por su poemario Mi íntima multitud.

En 2005 publicó El Pergamino de la Seducción, su cuarta novela, y en octubre de 2006 ganó el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla por su poemario Fuego Soy Apartado y Espada Puesta Lejos.

También en 2005 se publicó en Alemania un nuevo cuento de niños para adultos: “El abrazo de la enredadera”. En 2008, su novela El Infinito en la Palma de la Mano ganó el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral en España. Sus novelas y poemas se han traducido a más de catorce idiomas. Es miembro del Pen Club Internacional y miembro correspondiente de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Escribe para diversos periódicos nacionales e internacionales y tiene un blog en el periódico nicaragüense El Nuevo Diario y en el diario The Guardian de Londres.

ENcontrARTE: Tu obra literaria, quizá sin buscarlo, fue en buena medida un símbolo de la revolución sandinista, de las esperanzas que ese movimiento abrió en su momento. Esas esperanzas siguen vivas, sin dudas; aquel movimiento quizá no tanto. ¿Y qué dirías de tu creación artística: sigue siendo esa fuente de esperanzas, ese canto a la vida, a la pasión?

Gioconda Belli: Mi poesía es una especie de “hoja de vida” y ha recogido, tanto aquellas esperanzas, como la desesperanza que ha asomado su rostro pálido y triste en los últimos años, tanto en mi país, como en el mundo. Pero una cosa es registrar la desesperanza y otra cosa es perder la esperanza. Yo creo en la capacidad inagotable del ser humano para renovarse y encontrar nuevas propuestas, creo en la dialéctica de la historia y espero que sepamos ser creativos para reconocer los cambios del mundo, salirles al paso y no quedarnos estancados en viejas fórmulas.

ENcontrARTE: Se ha dicho que tu obra está atravesada por el “feminismo”. ¿Qué dices al respecto? ¿Qué es esto del feminismo?

Gioconda Belli: Entiendo el feminismo como entiendo la lucha por la igualdad de todos los seres humanos. Las mujeres hemos tenido que tomar esa bandera porque en las aspiraciones de igualdad, desde la Revolución Francesa hasta la Bolchevique, no se consideraba la igualdad de las mujeres. No considero pues el feminismo como una lucha contra el hombre, sino como una lucha contra una organización social que margina a la mujer, la restringe al área doméstica y priva al mundo y a los espacios públicos de ese potencial enorme que reside en el 50% de la población. Mi literatura celebra la feminidad como una diferencia entre los sexos que enriquece la existencia. Intento reflejar a la mujer en un espejo donde se vea poderosa, llena de vida y dones. Intento quitar las sombras que, por siglos, han contribuido a desvalorizarla y hacerla sentir como ciudadana de segunda clase.

ENcontrARTE: Vivimos una cultura marcada profundamente por los nuevos modelos informacionales. La cultura de masas que se vino gestando durante todo el siglo XX basada en la comunicación masiva (la televisión en muy buena medida) juega un papel día a día más importante en nuestras sociedades, tendencia que parece indetenible. ¿Qué puedes decirnos de esta nueva cultura que se ha ido creando? ¿De qué manera toca todo eso a la creación artística?

Gioconda Belli: Creo que las nuevas formas de comunicación van a democratizar el arte y lo van a hacer más interactivo. Eso me parece muy prometedor porque representa un reto a la creatividad y todos los retos generan lenguajes nuevos. Creo que todavía vemos con recelo estos nuevos espacios porque, como todo, tienen aspectos positivos y negativos. A mí me preocupa la “frivolización” de estos espacios, me preocupa que el mercado los ocupe y los malverse, pero también pienso que eso dependerá de nuestra audacia para no cederlos, para ocuparlos con propiedad.

ENcontrARTE: Desde el campo de los grandes poderes que fijan la marcha del mundo—económica, política y culturalmente—sin ningún tapujo se habla de “guerra de cuarta generación”, guerra mediático-psicológica. En otros términos: guerra cultural. A veces, en el campo de la izquierda, tratando de hacer una cultura nueva, pretendidamente revolucionaria, se cae en el panfleto, mientras que la cultura masiva que se impone desde la más descarnada ideología de derecha (pensemos en Hollywood por ejemplo, o en la CNN) va ganando cada vez más terreno con un mensaje que penetra con mucha facilidad, agradable, seductor. ¿Cómo dar el combate en esta nueva modalidad de guerra? ¿Qué pueden hacer los artistas en esto?

Gioconda Belli: No es un combate nuevo, me parece. El arte siempre ha competido con eso que llamamos “entretenimiento”. El entretenimiento, porque es un producto que tiene valor de mercado, se masifica más fácilmente, mientras el arte es más selectivo porque no sólo da, sino que también demanda de quien lo recibe una cuota de reflexión. Pienso que la lucha cultural empieza en las escuelas y tiene que ver con los valores que se inculcan en la gente joven. El entretenimiento no es malo en sí, a mi juicio. El problema es que no se dé un balance y que por ganar la batalla de las masas, el arte también se convierta en entretenimiento. No creo que haya que tenerle miedo a pensar que serán menos las personas que gocen y comprendan el arte, porque el número siempre será suficiente para que éste se reproduzca. Me parecería más peligroso caer en la tentación, por competir con el entretenimiento, de quitarle al arte su contenido retador y complejo. Yo creo que el arte y el artista deben seguir comprometidos con la calidad, con la innovación y mantener la sintonía con las vivencias de la gente y su compromiso con la vida de la sociedad y sus luchas.

ENcontrARTE: Hoy vivimos tiempos de integración en América Latina. Descartando los TLC’s—que obviamente no son integración—junto al MERCOSUR—un intento de unión desde las oligarquías vernáculas—surge también una propuesta de unión desde posiciones alternativas, desde los pueblos o desde gobiernos en mayor sintonía con sus pueblos: surge el ALBA, la Alternativa Bolivariana para las Américas. Nicaragua y Venezuela, de hecho, hacen parte de esa iniciativa. Hay también un ALBA cultural. ¿Qué piensas de ese intento?

Gioconda Belli: Pienso que no se pueden organizar ALBAS culturales. La cultura es algo vivo que abarca un sinnúmero de experiencias diversas que no pueden y no deben, me parece, regularse como si fuesen relaciones políticas o comerciales. Lo que hay que propiciar es la libertad para que existan y se desarrollen. Hay que apoyar la creación de espacios de encuentro pero hay que evitar instrumentalizar las expresiones culturales a favor de programas políticos. Los políticos debían observar la cultura y aprender a leer en el arte y en las tendencias culturales los símbolos que reflejan el espíritu de los pueblos.

ENcontrARTE: Alguna vez te preguntaron “¿qué sería Tomás Borge—uno de los fundadores y representante de la línea dura, que siguió toda la vida en la dirección—sin el Frente Sandinista de Liberación Nacional?” y tú respondiste: “un vendedor de electrodomésticos tal vez”. ¿Se perdieron los sueños de décadas pasadas? ¿No es posible seguir sembrando utopías? ¿Estás decepcionada de la política?

Gioconda Belli: Eso de Tomás lo dije de modo irónico porque una vez un periodista en París que lo entrevistó dijo que sin uniforme él parecía un vendedor japonés de electrodomésticos. Yo no creo que se hayan perdido los sueños. Yo creo que los soñadores dejaron de soñar y se convirtieron en manipuladores o mercaderes de los sueños que provocaron en otros. Eso pasó con muchos dirigentes revolucionarios que sacrificaron los fines porque se enamoraron del poder que les brindaron los medios con que, supuestamente alcanzarían esos fines. Yo creo en las utopías, pero ahora las veo de manera más inclusiva y las veo como el resultado de un proceso mucho más complejo que la vieja idea aquella de se conseguirían con sólo decretar la revolución. Ya no creo que sea posible, ni saludable, decretar nada, porque lo que se hace por decreto sólo resulta en un espejismo que se hace mil pedazos con gran facilidad. La utopía más factible y el mayor desafío, me parece a mí, es construir un sistema social que logre un balance entre la libertad individual y el bien colectivo y que se sostenga sobre valores sólidos y consensuales que no dependan, ni del carisma de individuos, ni del poder de un solo partido político. Una utopía ciudadana necesariamente tendría que ser diversa, democrática y flexiblemente sólida; nada que ver con las utopías “controladas” que se acuñaron en el pasado.

ENcontrARTE: ¿Cómo es vista la Revolución Bolivariana desde fuera de Venezuela, o desde tu Nicaragua específicamente?

Gioconda Belli: Yo le veo ciertos rasgos, en cuanto a la energía y a los postulados, de la Revolución Sandinista. Por lo mismo también le veo los problemas que, a fin de cuentas, terminaron con la Revolución Sandinista. Más que el proceso social, lo que se ve afuera es la imagen de Hugo Chávez. Eso, a mi juicio, hace que se pierda la visión de conjunto y se perciba más bien un estilo que está afianzado en la voluntad de un solo hombre más que en la acción concertada de toda una sociedad. Yo creo que el presidente Chávez quizás sería menos vistoso pero lograría mucho más para los venezolanos y para Latinoamérica entera, si generara más consenso.

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Texto íntegro del discurso de Juan Gelman en la entrega del Premio Cervantes

Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Cultura, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señoras y señores:

Deseo, ante todo, expresar mi agradecimiento al jurado del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, a la alta investidura que lo patrocina y a las instituciones que hacen posible esta honrosísima distinción, la más preciada de la lengua, que hoy se me otorga. Mi gratitud es profunda y desborda lo meramente personal. En el año 2006 se galardonó con este Premio al gran poeta español Antonio Gamoneda y en el 2007 lo recibe también un poeta, esta vez de Iberoamérica. Se premia a la poesía entonces, “que es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa” para don Quijote, doncella que, dice Cervantes en “Viaje del Parnaso”,

“puede pintar en la mitad del día
la noche, y en la noche más escura
el alba bella que las perlas cría…
Es de ingenio tan vivo y admirable
que a veces toca en puntos que suspenden,
por tener no se qué de inescrutable”.

A la poesía hoy se premia, como fuera premiada ayer y aun antes en este histórico Paraninfo donde voces muy altas resuenan todavía. Y es algo verdaderamente admirable en estos “Dürftiger Zeite”, estos tiempos mezquinos, estos tiempos de penuria, como los calificaba Hölderlin preguntándose “Wozu Dichter”, para qué poetas. ¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte.

Safo habló del bello huerto en el que “un agua fresca rumorea entre las ramas de los manzanos, todo el lugar sombreado por las rosas y del ramaje tembloroso el sueño descendía”, Mallarmé conoció la desnudez de los sueños dispersos, Santa Teresa recogía las imágenes y los fantasmas de los objetos que mueven apetitos, San Juan bebió el vino de amor que sólo una copa sirve, Cavalcanti vio a la mujer que hacía temblar de claridad el aire, Hildegarda de Bingen lloró las suaves lágrimas de la compunción, y tanta belleza cargada de más vida causa el temblor de todo el ser. ¿No será la palabra poética el sueño de otro sueño?

Santa Teresa y San Juan de la Cruz tuvieron para mí un significado muy particular en el exilio al que me condenó la dictadura militar argentina. Su lectura desde otro lugar me reunió con lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, el país del que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de imposible me brindaron. Ese es un destino “que no es sino morir muchas veces”, comprobaba Teresa de Avila. Y yo moría muchas veces y más con cada noticia de un amigo o compañero asesinado o desaparecido que agrandaba la pérdida de lo amado. La dictadura militar argentina desapareció a 30.000 personas y cabe señalar que la palabra “desaparecido” es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto. El Quijote me abría entonces manantiales de consuelo.

Lo leí por primera vez en mi adolescencia y con placer extremo después de cruzar, no sin esfuerzo, la barrera de las imposiciones escolares. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo habrá sido el hombre, don Miguel? Conocía su vida de pobreza y sufrimiento, sus cárceles, su cautiverio en Argel, su Lepanto, los intentos fallidos de mejorar su suerte. Pero él, ¿quién era? Releía el autorretrato que trazó en el prólogo de las Novelas Ejemplares: “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada”, que nada me decía, salvo la mención de sus “alegres ojos”. Comprendí entonces que él era en su escritura. Me interno en ella y aún hoy creo a veces escuchar sus carcajadas cuando acostaba al Caballero de la Triste Figura en el papel. Sólo quien, desde el dolor, ha escrito con verdadero goce puede dar a sus lectores un gozo semejante. Cómico es el rostro de la tragedia cuando se mira a sí misma.

Declaro que, en verdad. quise recorrer ante ustedes, con ustedes, los trabajos de Persiles y Sigismunda, o la locura quebradiza del licenciado Vidriera, o compartir la nueva admiración y la nueva maravilla del coloquio de los perros, o el combate verdaderamente ejemplar entre los poetas malos y los buenos que tiene lugar en “Viaje del Parnaso” y en el que cualquier buen poeta podía caer herido por un pésimo soneto bien arrojado. Pero tal como la lámpara alimentada a querosén que los campesinos de mi país encienden a la noche y alrededor de la cual se sientan a cenar, cuando hay, y luego a leer, cuando hay y cuando hay ganas, y a la que mosquitos y otros seres alados acuden ciegos de luz y la calor los mata, así yo, encandilado por don Alonso Quijano, no puedo sustraerme a su fulgor.

Muchas plumas hondas y brillantes han explorado los rincones del gran libro. Por eso, parafraseando al autor, declaro sin ironía alguna que, con seguridad, este discurso carece de invención, es menguado de estilo, pobre de conceptos, falto de toda erudición y doctrina. Sólo hablo como lector devoto de Cervantes, pero quién puede describir los territorios del asombro. Con mucha suerte y perspicacia, es posible apenas sentarse a la sombra de lo que siempre calla.

Cervantes se instala en un supuesto pasado de nobleza e hidalguía para criticar las injusticias de su época, que son las mismas de hoy: la pobreza, la opresión, la corrupción arriba y la impotencia abajo, la imposibilidad de mejorar los tiempos de penuria que Hölderlin nombró. Se burla de ese intento de cambio y se burla de esa burla porque sabe que jamás será posible terminar con la utopía, recortar la capacidad de sueño y de deseo de los seres humanos. Cervantes inventó la primera novela moderna, que contiene y es madre de todas las novedades posteriores, de Kafka a Joyce. Y cuando en pleno siglo XX Michel Foucault encuentra en Raymond Roussel las características de la novela moderna, éstas: “el espacio, el vacío, la muerte, la transgresión, la distancia, el delirio, el doble, la locura, el simulacro, la fractura del sujeto”, uno se pregunta ¿qué? ¿No existe todo eso, y más, en la escritura de Cervantes?

Su modernidad no se limita a un singular universo literario. La más humana es un espejo en el que podemos aún mirarnos sin deformaciones en este siglo XXI. Dice Don Quijote: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y la vida de quien la merecía gozar luengos siglos”.

Desde el lugar de presunto caballero andante quejoso de que las armas de fuego hayan sustituido a las espadas, y que una bala lejana torne inútil el combate cuerpo a cuerpo, Don Quijote destaca un hecho que ha modificado por completo la concepción de la muerte en Occidente: es la aparición de la muerte a distancia, cada vez más segura para el que mata, cada vez más terrible para el que muere. Pasaron al olvido las ceremonias públicas y organizadas que presidía el mismo agonizante en su lecho: la despedida de los familiares, los amigos, los vecinos, el dictado del testamento ante los deudos. La muerte hospitalizada llega hoy con un cortejo de silencios y mentiras. Y qué decir de los 200.000 civiles de Hiroshima que el coronel Paul Tobbets aniquiló desde la altura apretando un simple botón. Piloteaba un aparato que bautizó con el nombre de su madre, arrojó la bomba atómica y después durmió tranquilo todas las noches, dijo. Pocos conocen el nombre de las víctimas cuya vida el coronel había segado. La muerte se ha vuelto anónima y hay algo peor: hoy mismo centenares de miles de seres humanos son privados de la muerte propia. Así se da en Irak.

Creo, sin embargo, como el historiador y filósofo Juan Carlos Rodríguez, que el Quijote es una gran novela de amor. Del amor imposible. En el amor se da lo que no se tiene y se recibe lo que no se da y ahí está la presencia del ser amado nunca visto, el amor a un mundo más humano nunca visto y torpemente entrevisto, el amor a una mujer que no es y a una justicia para todos que no es. Son amores diferentes pero se juntan en un haz de fuego. ¿Y acaso no quisimos hacer quijotadas en alguna ocasión, ayudar a los flacos y menesterosos? ¿Luchando contra molinos de aspas de acero, que ya no de madera? ¿Despanzurrando odres de vino en vez de enfrentar a los dueños del dolor ajeno? ¿“En este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos –dice Sancho–, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería”?

He celebrado hace dos años, con ocasión de la entrega del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, mi llegada a una España que no acepta las aventuras bélicas y que rompe clausuras sociales que hieren la intimidad de las personas. Hoy celebro nuevamente a una España empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro. Ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono Sur.

Para San Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces.

Enterrar a sus muertos es una ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre, inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. “¡Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera!”, exclama. Así habla de y con los familiares de desaparecidos bajo las dictaduras militares que devastaron nuestros países. Y los hombres no han logrado aún lo que Medea pedía: curar el infortunio con el canto.

Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular.

Pero volviendo a algunos párrafos atrás: hay tanto que decir de Cervantes, de este hombre tan fuera del uso de los otros. De sus neologismos, por ejemplo. Salvo él, nadie vio a una persona caminar asnalmente. O llevar en la cabeza un baciyelmo. O bachillear. Don Quijote aprueba la creación de palabras nuevas, porque “esto es enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso”. Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si éste fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran “lastimándolo” desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice “siempre mañana y nunca mañanamos” agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma.

Esas invenciones laten en las entrañas de la lengua y traen balbuceos y brisas de la infancia como memoria de la palabra que de afuera vino, tocó al infante en su cuna y le abrió una herida que nunca ha de cerrar. Esas palabras nuevas, ¿no son acaso una victoria contra los límites del lenguaje? ¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía.

Esto exige que el poeta despeje en sí caminos que no recorrió antes, que desbroce las malezas de su subjetividad, que no escuche el estrépito de la palabra impuesta, que explore los mil rostros que la vivencia abre en la imaginación, que encuentre la expresión que les dé rostro en la escritura. El internarse en sí mismo del poeta es un atrevimiento que lo expone a la intemperie. Aunque bien decía Rilke: “[...] lo que finalmente nos resguarda/es nuestra desprotección”. Ese atrevimiento conduce al poeta a un más adentro de sí que lo trasciende como ser. Es un trascender hacia sí mismo que se dirige a la verdad del corazón y a la verdad del mundo. Marina Tsvetaeva, la gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo, recordó alguna vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir.


Costa Rica amanece este lunes 31 sin ministro de Seguridad. Fernando Berrocal “deja” su cargo tras el burumbúm de las presuntas vinculaciones de las FARC con políticos costarricenses.
“La Presidencia de la República anunció esta tarde (domingo) que el ministro de Seguridad Pública, Fernando Berrocal, dejará su cargo a partir de hoy a las 12 de la noche”, dice nacion.com. Y sigue:
“La decisión, en la que participó el presidente Oscar Arias, el ministro de la Presidencia, Rodrigo Arias y el propio Berrocal, fue tomada tras una reunión que se prolongó durante varias horas. Con ello las altas autoridades de gobierno impedirán que el funcionario comparezca ante la Asamblea Legislativa, donde haría referencia a las supuestas conexiones de la Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) con sectores políticos del país”.

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LA JUSTICIA Y LA PAZ SE BESARON ( documento conjunto desde varios grupos cristianos de América Latina y EE.UU.)

LA JUSTICIA Y LA PAZ SE BESARON (Salmo 85:10)

Nosotros, cristianos y cristianas pertenecientes a una diversidad de iglesias y organizaciones ecuménicas de Venezuela, América Latina, El Caribe y los Estados Unidos, concientes de nuestra responsabilidad ética frente a los acontecimientos que hoy sacuden a nuestros pueblos, en busca de ser una comunidad de vida, de honestidad y equidad queremos reconocer, en primer lugar, la presencia liberadora de Nuestro Señor Jesucristo en los eventos solidarios que afirman nuestra histórica decisión de ser pueblos libres, soberanos y dignos de vivir en una sociedad de justicia.

Unimos nuestras voces a las de millones de cristianos y cristianas de Colombia víctimas de la guerra, a las iglesias de ese país comprometidas con los pobres, a los organismos de derechos humanos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que luchan para detener una de las guerras más largas y sangrientas de América Latina con más de 35.000 muertos, 15.000 desaparecidos y más de cuatro millones de desplazados.

Saludamos como muy positivo y esperanzador, los esfuerzos de los gobiernos y pueblos latinoamericanos y caribeños destinados a lograr la paz y consolidar la integración. Afirmamos que nuestros pueblos tienen derecho a la autodeterminación solidaria, lo cual implica el establecimiento de relaciones económicas, políticas, sociales y culturales justas e igualitarias, respetuosas de la diversidad, hermanados con los otros pueblos por una red de alianzas inquebrantables que nos permita caminar juntos hacia nuestra propia liberación.

Saludamos como muy positivos y esperanzadores los esfuerzos conducentes a un acuerdo humanitario en la hermana República de Colombia. La liberación de siete hermanos y hermanas, con la mediación del Presidente Chávez y de la senadora colombiana Piedad Córdova, son hechos concretos de amor que nos convocan a la unidad con esperanza y nos desafían a acompañar a nuestros pueblos en su largo caminar hacia la paz con justicia. Estamos convencidos de que reconstruir la paz en Colombia y detener los intereses belicistas de quienes tratan de obstaculizar el acuerdo humanitario resulta un objetivo insoslayable y de alta prioridad para los pueblos de América Latina y El Caribe.

Nos sumamos a los pronunciamientos que rechazan el secuestro como arma de política, pero no desconocemos la voluntad de negociación mostrada por la dirigencia de la FARC, que ha dado como resultado la liberación unilateral de siete hermanos y hermanas colombianas.

Unimos nuestras voces y voluntades por la liberación de Ingrid Betancourt y el resto de los secuestrados en poder de los insurgentes, así como de los prisioneros en las cárceles colombianas a causa de la guerra. Rechazamos las manipulaciones de los grandes medios de comunicación masiva controlados desde los centros de poder mundial y sus voceros nacionales en su afán por silenciar y mantener en la impunidad, los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el ejercito regular de Colombia y los grupos paramilitares, traficantes de la muerte.

Estamos gratamente conmovidos por la discusión franca y de altura que se dio el día 7 de Marzo pasado en La República Dominicana en el marco de la Vigésima Cumbre de Jefes de Estado del Grupo de Río, que dio como resultado un acuerdo hacia una salida pacífica y dialógica del conflicto generado a raíz de la embestida de fuerzas militares colombianas a territorio ecuatoriano. Sabemos que hay mucho camino por recorrer, muchos obstáculos que sortear para que los intereses guerreristas, ajenos a la vocación de paz de nuestros pueblos, no conviertan los esfuerzos por un acuerdo humanitario en una negociación rígida, estacionaria, inhumana e infructuosa. La paz comenzará a vislumbrarse cuando cada una de las partes en conflicto estén preparadas para reconocer al otro.

Rechazamos las acciones unilaterales de cualquier gobierno que con vocación imperial se considere con el derecho a transgredir la soberanía de otros pueblos en nombre de su seguridad. Ante los graves acontecimientos que resultaron en la violación flagrante de la soberanía de Ecuador y el asesinato de más de veinte personas, estimamos que las medidas diplomáticas tomadas por los Presidentes Rafael Correa de Ecuador, Hugo Chávez de Venezuela y Daniel Ortega de Nicaragua, así como los acuerdos logrados por el Grupo de Río en República Dominicana, constituyen una reafirmación de nuestras soberanías, una acción pacífica en defensa de la integración solidaria, la autodeterminación, el derecho internacional humanitario de todos los pueblos de América Latina y El Caribe y un contundente rechazo a la doctrina de guerra preventiva que trata de imponernos el gobierno de los Estados Unidos.
Celebramos las medidas tomadas por los jefes de gobierno de Ecuador, Venezuela, Colombia y Nicaragua, orientadas a salvaguardar las relaciones solidarias entre nuestros pueblos, para que no sea injustamente afectado el derecho de los más pobres. Pedimos perdón a los hermanos y hermanas de Colombia quienes durante mucho tiempo y en forma reiterada nos han exhortado a tomar conciencia de la grave situación que vive su país y nos han exigido, con toda razón, no dar la espalda a este conflicto.

Llamamos a las comunidades cristianas y a todas las fuerzas religiosas y éticas del continente, incluyendo a las de Estados Unidos, a orar y trabajar a favor de las iniciativas humanitarias realizadas por el gobierno de Venezuela y otros gobiernos de la región y a promover la conformación de una misión continental de paz que favorezca las salidas diplomáticas y políticas fundamentadas en la solidaridad y el bien común, así como el establecimiento de un bloque solidario activo que promueva una ética vinculante para todas nuestras naciones, que haga de este continente un modelo de convivencia, reconciliación libertad y paz con justicia.
Caracas, Marzo de 2008.

Obispo Gamaliel Lugo Morales, Presidente de la Unión Evangélica Pentecostal Venezolana.

Reverendo Ramón Castillo, Presidente de la Fundación Martin Luther King de Venezuela.

Reverendo Kenneth Saunders, Iglesia Pentecostal “Maranatha”, Zulia.

Reverendo Valmore Amarís, Colectivo Presbiteriano de Venezuela.

Reverendo Tomás Vargas y Hna. Jenny Russian Solé, Vicepresidente y Vicepresidenta de Fundalatin.

Reverendo Eseario Sosa Rodríguez, Movimiento Cristiano CALEB, Barquisimeto

Reverendo Romer Portillo, Iglesia Koinonía de Maracaibo

Rev. Argenis León y Carol Lenderbor, Comunidad Luterana El Buen Pastor, Altos Mirandinos.

Reverendo Everth Hidalgo, Iglesia Hosanna del Zulia

Reverenda Amadelis López, Iglesia Casa de Restauración, del Zulia

Reverendo Jonás Gil, Iglesia Gilgal, La Cañada, Zulia

Reverendo Ramón Morón, Iglesia Luz del Mundo de Ciudad Ojeda, Zulia

Pastor José Daniel Villamizar, Presidente de la Fundación la Gracia del Favor de Dios, Caracas.

Reverendo Jorge Chiquillo, Iglesia Pentecostal Unida, Zulia

Reverendo Eudo Prado, Iglesia del Nazareno, Zulia

Br. Manuel Velásquez, Federación de Estudiantes UPEL, Miranda

Br. Emmanuel Valero, Organización para el Desarrollo de la Juventud y los Estudiantes.

Reverenda Nelly Molina, Iglesia Luz del Cielo.

Reverendo José Amesty, Iglesia Génesis, Zulia.

Padre Miguel Matos, S.J. Barquisimeto.

Doménica Dimarcantonio y Mario Nery, Círculo Bolivariano Antonio Gramsci.

Reverendo César Henríquez, Proyecto Vida, Maracay.

Hnas. Yolanda Linaza, María Luisa Navarro, Yulitza Bermúdez, María Fernanda Vacas, Emilia Martínez, Religiosas del Sagrado Corazón.

María del Pilar Zagarramurdi, Asunción Hernandorena, María Rosario Oroz, Francisca Larreta, Felipa Aranguren, María Jesús Aranzadi, Misioneras de Jesús.

Padre Vidal Atencio, Iglesia Las Mercedes de Maracaibo

Padre Pablo Urquiaga y Belkis Chirino, Parroquia La Resurrección del Señor, Caricuao, Caracas.

Reverenda Élida Quevedo, Movimiento Misionero Femenil.

Reverendo Uriel Ramírez y Reverenda María Jiménez, Movimiento de Cristianos por la Paz, Venezuela, Colombia

Reverendo Obed Vizcaíno Nájera, Comunidad Reformada de Maracaibo

Hna. Bernadette Schaeffer, Congregación de las Hermanas del Evangelio.

Martín Guedez, Red de Información Alternativa Simón Bolívar, Caracas.

Javier Arrúe y José María Abreu, Alberto Giraldo, Eder Peña, Encuentro Ecuménico Juan Vives

Pastor Pedro Pineda, Iglesia Luterana Carismática, Barquisimeto.

Padre Roberto Rodríguez, Sacerdotes por la Liberación, Caracas.

Mons. Tito y Timoteo, Cristianos por el Cambio, Lima, Perú

Doctor Sergio Arce y Prof. Nacyra Gómez Cruz, Iglesia Presbiteriana de Cuba.

Judiht Galarza Campos, Federación de Familiares de Detenidos Desaparecidos de América Latina
FEDEFAM.

Rev. Doctor Carmelo Álvarez, Consejo Evangélico Pentecostal Latinoamericano CEPLA.

Reverendo Raúl Suárez, Centro Memorial Martín Luther King, Jr. La Habana, Cuba

Reverendo Félix Ortiz, Iglesia Discípulos de Cristo, Indianápolis, Estados Unidos

Rev. Doctor Daniel Rodríguez y Rev. Daniel Dale, Red de Líderes Cristianos de Chicago con
América Latina, Chicago, Estados Unidos.

Merv y Danny Bangert, Iglesia Unida de Cristo de Rocky Montain, Denver, Col. Estados Unidos

Sandra Liliana Caicedo, Centro Ecuménica de Biblistas CEDEBI, Colombia

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POEMAS ( por Mayra Jiménez)


Vigilia

Yo que te he amado en secreto

desde el momento en que te vi,

primero.

Que tiemblo con sólo mirarte,
con oírte, con olerte.
Que toco la divinidad cuando te abrazo,
que casi desfallezco cuando te escucho,
colapso cuando me miras.
Que mis neuronas y mis hormonas se extravían cuando ríes,

permanezco en vigilia
con tus poemas aquí.

Verás que me los sé.

Jamás creí enfrentar tal desafío,
transformar el amor
en este arte.

Mensaje

Amor

qué buena tu memoria

capaz de soportar milenios que han pasado

desde la cerveza que tomamos juntos,

más que milenios vida que son aviones, palabras,

dormir todas las noches protegiéndose de este invierno,

propósitos personales no cumplidos,

más la rutina, la metafísica, la lavadora

que no funciona

y todo eso que tú sabes:

el agua bajo el puente que le dicen

y sobre el puente y sobre el agua

tus poemas que aparecen con estampilla desde allá lejos

y me llenan los ojos de humedades, amor;

qué bueno y lo bueno sobre todo es el gesto

tu tiempo usado en seleccionarme tus cosas

meterlas en un sobre

ponerle los sellos y la esperanza,

y dejar que el correo haga su tarea

para que luego yo me lea tus palabras

las haga mías pero tuyas y juntos mandemos

al carajo el tiempo, ese puñetero,

y a la distancia-Iberia que nos persigue con letras

a fin de mes.

Amor

tanta bella, significante, bella otra vez y

significante de nuevo,

tanta palabra tuya, así, sin avisarme,

invasora de mi mundo alienado:

sueldo a fin de mes y compras en El Corte Inglés,

tanta palabra digo y no me corro

tanta palabra y bella por tercera vez,

me desvencija la palabra y

comienzo a circular en tiovivo buscando

la voz única que diga todo para poder

hablarte

y no la encuentro y me quedo aquí llenando de

signos latinos mi hoja de papel

y prendiendo una vela para que más que mis palabras

-qué cómodo- sean las tuyas las que entiendan lo que te quiero decir,

en realidad, sin dar más vueltas,

que bienvenido tú

que dónde está tu rostro para darte un beso

que dónde tus ojos para intercambiar los cronos con cerveza

o sin cerveza en un sitio mejicano

o en uno de Afganistán, que vale,

que ya entiendo,

que está todo bien y que te mando ensombrada mi sonrisa

que es como no debe estar pero qué remedio nos queda,

desde aquí, desde Madrid,

en un día nublado y gris del último invierno

que resulta ser como veintidós

de febrero

amor.

AustralianosPagerank Virgenes negrasDerecho civilEducadoresEvangelicosFundadoresGobernantes MisionerosMisioneroMartiresMartirMusicosNobelesTeologosTraductores TraductorPadresFormacionMatematicosMatenomia Matematico

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PARODIA DE LAS SOBERANIAS NACIONALES ( por Ricardo Martin)


Las FARC colombianas estaban acampadas en Ecuador y el ejército de Colombia entró a Ecuador y bombardeó a las FARC; el único que allí estaba a derecho era Ecuador. O sea: las FARC y los milicos colombianos estaban allí ilegalmente. Y bueno, Uribe dice que Correa toleraba -connivencia le llaman- el camping de Tiro Fijo, pero ¡caramba! si así fuese, Colombia no tenía derecho a entrar en territorio ecuatoriano para matar a los farcos. El único que ahí podía matar legalmente a alguien era Ecuador (a quién no sabemos), pero en vez de empezar a los tiros, más prudentemente puso el grito en el cielo y rompió relaciones con Colombia (por lo que suponemos que no iba a matar a los farcos). Pero Uribe dijo que los farcos atacaron a Colombia desde Ecuador y que por eso entró a la selva ecuatoriana y mató correctamente a Reyes y a varios más. Los únicos que no le han ofrecido una explicación a Ecuador son las FARC, acaso porque imbuídas de espíritu revolucionarista no consideran que deban pedirle permiso a nadie para meterse en el país que sea, y en eso se parecen a los EEUU. Lo peor es que Sarcozy estaba negociando con Reyes, en Ecuador, la liberación de Ingrid cautiva en Colombia y que ahora esa liberación va a ser casi imposible y que el destino de los demás rehenes va a ser aun más tenebroso. Y a todo esto, Chavez agarra el micrófono y les dice a los diplomáticos venezolanos que regresen ya mismo a Venezuela y manda los tanques y tanques venezolanos a apostarse casi pisando la línea divisoria con Colombia, a ver si Uribe se asusta y de paso el del socialismo del siglo 21 (que no es ni chicha ni limonada) detiene un poco su creciente impopularidad. ¡Todo muy sucio! Como si el planeta fuese “tierra de nadie” y las soberanías nacionales una soberana basura. Y a mí me parece que Mahatma Gandhi y La Madre Teresa deben estar muy indignados en el más allá, no menos indignados que nosotros en el más acá.

INDIGENAS DENUNCIAN ATROPELLO DE SUS DERECHOS EN COSTA RICA, por Emilio Vargas Mena

Unas doscientas personas indígenas de todas las edades se desplazaron la semana pasada (27 de febrero) desde sus territorios montañosos de Talamanca y otras partes del país, hasta el centro político de San José. Vinieron para exigir que sus derechos sean respetados, y para denunciar la abierta discriminación de que siguen siendo objeto por parte del gobierno, de la Asamblea Legislativa y del Poder Judicial en la presente coyuntura del TLC y las leyes de implementación.

A lo largo de 48 horas, mujeres y hombres indígenas dialogaron con los costarricenses de la calle, hicieron oir su voz dentro del recinto de la Asamblea Legislativa, pronunciaron discursos frente a la Sala Cuarta Constitucional, entregaron su pliego de peticiones, explicaron sus razones a la prensa y corearon consignas recordando la gesta histórica de Pablo Presbere.
Los y las representantes indígenas exigieron que sus derechos a cultivar la tierra, a sembrar sus propias semillas, a practicar su medicina tradicional y sobre todo, a definir ellos mismos el modelo de desarrollo para sus territorios, sean respetados. Desafiaron al Estado explicando y recordando a los costarricenses, que Costa Rica se ha comprometido con la comunidad internacional a respetar esos derechos y a evitar por todos los medios posibles su discriminación.

Denunciaron que en esta campaña a favor del TLC, el gobierno, la Asamblea y el Poder Judicial han desconocido y deshonrado la ratificación del Convenio OIT-169, vigente desde 1993, y también la reciente Declaración de Derechos de los Pueblos Indígenas de las Naciones Unidas, votada a favor el pasado setiembre por el representante de Costa Rica en ese foro mundial.
El pliego de peticiones indígenas recuerda al lector que la Constitución Política de Costa Rica, en su artículo 7, coloca a los convenios internacionales por encima de las leyes y que el gobierno ha violado los artículos 6 y 7 del C. 169, que definen su derecho a ser consultados sobre proyectos que les afecten y a definir cómo quieren organizar su futuro.

Insistieron en que el modelo de desarrollo definido por el TLC y sus leyes de implementación contradicen la cultura y cosmovisión indígenas: “La ley de la UPOV es incompatible con el origen mismo de nuestra cultura. Sibü nos creó a partir de la semilla, como un símbolo de lo que es la vida misma. ¿Cómo alguien puede apropiarse de la vida?”

Una líder indígena, Victoria González Céspedes, partera tradicional Brunca de la comunidad de Boruca, expresó que “nosotros los indígenas somos los dueños de esas farmacias antiguas; no tenemos ambición, no queremos patentar las medicinas que siempre han sido de todos. Todos somos semilla, la vida está en las semillas. ¿Cómo podemos patentar esa vida?”.
Matilda Fernández Morales, mujer indígena Bribri, de Sepecue en Talamanca, dijo: “Vinimos a San José porque nos sentimos defraudadas y tristes porque las medicinas y semillas van a ser patentadas. Vinimos porque no queremos el TLC, porque nadie nos consultó a nosotros. Nosotras las mujeres indígenas valemos igual que los hombres y estamos todos acostumbrados a estar libres. El TLC nos va a quitar esa libertad. Nosotros respetamos, no vamos a ningún otro país a patentar cosas, ¿por qué quieren venir donde nosotros y obligarnos?”

Maritzel Bejarano, mujer Ngobe (Guaymí) de Tamarindo de Laurel, en el sur del país, indicó: “Si el TLC llega a Tamarindo ya nosotros no vamos a poder vender cosechas de nuestras propias semillas, siendo que la tierra y las semillas son nuestras y que somos sus dueños legítimos. Nadie tiene derecho a quitarnos lo que siempre ha sido de nosotros”.

Las tres mujeres coincidieron en que esta lucha indígena va a continuar el tiempo que sea necesario, que no van a dar marcha atrás, que ya han pasado más de quinientos años y que todavía los pueblos indígenas no se cansan de luchar. Otras frases resonaron también en los discursos indígenas de esa tarde calurosa: “Día que viene y día que va, tenemos que estar de pie”; “Quieren que los oigamos, pero no nos quieren escuchar”; “Somos semillas, somos indígenas de un solo árbol, de una sola rama, de una sola flor…”

En el crepúsculo del jueves 28 de febrero, los indígenas, después de compartir amistosa y dignamente su cultura y las razones de su lucha, levantaron su campamento, recogieron enseres y colchones, arroparon a sus niños y abordaron los buses de regreso. Pocas horas después el proyecto de ley de la UPOV era aprobado en segundo debate por 30 diputados pro-TLC y convertido en nueva Ley de la República, según informó la prensa al día siguiente.

Si el pasado referéndum fuera interpretado como “consulta” en los territorios indígenas, el gobierno y los otros poderes ya saben que el “sí” al TLC solo logró un 10% del total de votos. Un incontestable y rotundo 90% de los habitantes de los territorios indígenas dijo “no” al TLC, según explicaron los denunciantes.

Los indígenas prometieron evidenciar el atropello de sus derechos en las instancias internacionales y seguir luchando “por la vida y por la tierra”.

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PECES QUE ABREN LA BOCA PARA ABRIR EL CORAZON, por Julia Ardón


POR LA BOCA VIVE EL PEZ…y con la boca abierta respira…porque no se creyó el cuento de que “calladito era más bonito”.

Invitamos a sentir , pensar, reflexionar y emocionarse con las palabras de cantidad de creadores, creadoras y artistas costarricenses que se suman para abrir la boca y el corazón y compartir con quien desee acercárseles.

Presentamos, como quien asiste a una fiesta, un espacio nuevo para el intercambio. Se llama Arroz y Frijoles y pretende ser puente de enlace, espacio de afinidades y de abrazos, tertulias desde las aparentes distancias…vernos a los ojos los re-conocidos, las requete-conocidas, los des-conocidos y las poco conocidas…todas y todos por igual, horizontalmente….con iguales méritos y valores como seres humanos inquietos…como reclama esta parte de la historia en este país pequeño que nos une y en el que casi todos los días ( por no decir todos) los peces comemos arroz y frijoles, juntos, revueltos, solos o acompañados.

Véngase, cómase un pintico. Conozca qué ideas nos unen, cuáles nos separan, qué es Costa Rica para nosotros, cómo sentimos la identidad nacional, qué hacemos, qué concepto tenemos de Patria y patriotismo, qué soñamos y esperamos…qué nos mueve y nos sostiene.

BREVE PERO CLARO ( Por Andrea Echeverri )


La música se va volviendo banal, comercializando, y la onda con las chicas… el escenario para la más bonita. Nosotros creemos que la música es algo más profundo que eso. Con la música nuestros antepasados curaban, traían espíritus, es una cosa tan fundamental. Y claro, la Canción protesta lo que se quería era que la música recupere sus poderes reales.”

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UN TRIBUTO A JORGE DEBRAVO ( por Luko Hilje)Fuente


  • Una buena nueva: la reciente aparición de la publicación que, con el título Jorge Debravo, un hombre palabra, hizo la Revista Comunicación (del Instituto Tecnológico de Costa Rica), correspondiente a un número monográfico suyo dedicado a la memoria de tan querido poeta.

Luko Hilje Q.

luko@ice.co.cr

Vuelvo a Debravo. Y, ¿cómo no hacerlo? Si decir Debravo es decir vida, amistad, justicia, tierra, fraternidad, amor, naturaleza, sexualidad, patria, humanidad y tantas cosas más que encarnan fenómenos, valores, conceptos y sentimientos hondos, que nos resultan preciados y eternamente vigentes. Y digo que vuelvo a Jorge -prefiero llamarlo así, por serme más familiar-, pues en el año recién concluido escribí varios artículos sobre él por la prensa, en conmemoración del 40 aniversario de su muerte.

Pero esta vez lo hago para anunciar una buena nueva: la reciente aparición de la publicación que, con el título Jorge Debravo, un hombre palabra, hizo la Revista Comunicación (del Instituto Tecnológico de Costa Rica), correspondiente a un número monográfico suyo dedicado a la memoria de tan querido poeta.

Debo confesar que yo desconocía la existencia de dicha revista, hasta que hace poco más de dos años me invitaron al acto de entrega de un número monográfico dedicado al sabio naturalista y filósofo Alexander Skutch. En él se recogieron las ponencias que varios de nosotros presentamos en un simposio organizado poco después de su muerte, en la Escuela de Filosofía de la Universidad de Costa Rica. No cabe duda de que esos 12 textos de aproximación a sus aportes representan lo más completo escrito sobre él hasta ahora y, sobre todo, un excelente estímulo para que algún día se acometa la ingente tarea de analizar de manera integral y exhaustiva su rica y provocadora obra, concentrada en los ámbitos biológico, conservacionista y filosófico.

Fue entonces cuando conocí a la Lic. Teresita Zamora, su directora, quien por cierto me invitó a escribir una semblanza del médico y naturalista alemán Karl Hoffmann -cirujano de nuestras tropas en la Guerra Patria-, la cual apareció al año siguiente. Y, en una conversación de corrillo con ella y su colega filólogo Gabriel Vargas, de súbito empezamos a hablar de los poetas turrialbeños, y especialmente del querido amigo Marco Aguilar.

En tan propicia coyuntura, les comenté que, con el poeta y promotor cultural Erick Gil Salas, en octubre de 2000 habíamos hecho una amplia entrevista a Marco, de la cual publicamos un extracto en el Semanario Universidad en agosto de 2004 con el título Jorge Debravo, en la mirada de Marco Aguilar, pero que el texto original era mucho más rico y, además, ponía a ese testigo de excepción que es Marco, en primera persona. Y, de inmediato, se me ocurrió sugerirles que hiciéramos un número monográfico dedicado a Jorge, encargando a varios autores la preparación de materiales originales o inéditos.

Dinámica, entusiasta y diligente, Teresita pronto me avisó que estaba anuente a concretar esta iniciativa y, hecho el contacto con Erick, éste se dio a la tarea de reunir los materiales pertinentes. Yo contribuí apenas con sugerirle al amigo escritor Luis Enrique Arce que preparara un artículo sobre la presencia de Jorge en San Isidro de El General; aunque fallé en conseguir que alguien escribiera uno análogo sobre su estadía en Naranjo.

Y… bueno, por fin, a mediados de diciembre de 2007, en el propio año de conmemoración del 40 aniversario de su lamentable muerte, salió a la luz el tan ansiado número, gracias a la colaboración de numerosos autores, contactados por Erick o Teresita. En un acto muy hermoso, lleno de calidez y excelsa música, y en presencia de Margarita Salazar, viuda de Jorge, se hizo la entrega de esa edición especial, allá en el Tecnológico.

En sus 82 páginas, profusamente ilustradas, e incluso con fotografías poco conocidas, aparecen entrevistas con personas que trataron a Jorge, como su entrañable amigo Marco, el recordado poeta y maestro don Isaac Felipe Azofeifa, y ese escritor y gran promotor cultural que fue don Chico Zúñiga. Pero, también, nuevas interpretaciones de la obra de Jorge, en lo técnico y lo humanístico, por parte de Magda Brenes Papayorgo -quizás la mayor estudiosa de su obra-, Francisco Rodríguez, Oscar Montanaro, Maribel Madrigal y Adriano Corrales.

Muy llamativo me pareció, por heterodoxo y revelador, el artículo del amigo William Solano sobre la condición de estudiante superdotado que fue Jorge, a pesar de que -por razones geográficas y económicas- debió encarar tantas dificultades para expresar su potencial intelectual. Y, sin duda alguna, es hermosamente humano el texto sobre el periplo por tierras generaleñas que con gran meticulosidad Luis Enrique Arce rescató, mediante numerosos testimonios orales de quienes compartieron con Jorge horas laborales o de cultura y poesía en esos hermosos parajes sureños.

¡Qué lindo sería poder un día recapitular su estadía en Naranjo, mi pueblo natal! De ésta, en la revista aparece una foto tomada de un añoso periódico -que Marco nos facilitó-, de Jorge leyendo poesía en el parque de dicha ciudad. Y sé que, durante esa época -porque lo pregunté a doña Nidia, su esposa-, él frecuentaba al poeta, abogado y compañero de ideales Arturo Montero Vega, quien incluso le dedicara un poema, intitulado Debravo, tras la muerte de su querido amigo.

Lástima que ese poema no fuera incluido -supongo que por razones de espacio, pues apenas seleccionaron cuatro, de Alfredo Cardona Peña, Laureano Albán y Mario Picado- al final de la revista, como tampoco aparecieron sendos poemas de Marco y Julieta Dobles, de altísima calidad literaria y gran hondura humana. Pienso que algún día valdría la pena recopilar todos los poemas que se han escrito sobre Jorge, tal vez aprovechando la coyuntura de la publicación de sus obras completas, que pareciera se concretará este año.

En fin, lo bueno es que ya disponemos de este número especial de la Revista Comunicación, que sin duda nos permitirá aquilatar de manera aún mejor el significado de la fecunda y vigorosa senda que Jorge supo abrir, con su gran calidad poética, pero también entendiendo de manera visionaria -con lo generoso que fue con sus colegas coetáneos, y que todos le reconocen- que por ella transitarían muchos otros, aunque él ya no estuviera.

Terca y omnipresente en su obra, a tiempo le advirtió a la muerte que no lo podría vencer excepto físicamente, quizás adivinando que su labor de hermano mayor -en la acertada calificación del escritor Adriano Corrales- se perpetuaría a través de tantos otros poetas -por supuesto que no de algunos curiosos y mezquinos egos que persisten y se solazan en sus afanes por descalificarlo-, como de veras ha ocurrido desde que él partió.

 

LOS CIEN AÑOS DEL HOMBRE QUE DERROTO AL ANGULO RECTO ( por Eric Nepomuceno)

La verdad es que no recuerdo el año, y ahora no logro saber si fue en 1984 o 1985, que conocí a Oscar Niemeyer. Sin embargo, traigo nítido el impacto de aquel encuentro. Primero, porque estaba frente al hombre que inventaba y reinventaba formas libres, en un vuelo osado que desconocía límites. Y segundo, porque me impresionó su vitalidad. Se acercaba a los ochenta años de una vida intensa y trabajaba con tenacidad juvenil y a una velocidad impresionante. El grueso plumón negro con que diseñaba -y diseña- líneas imposibles y formas sorprendentes no descansaba, desafiando toda y cualquier noción de equilibrio y mostrando que la arquitectura, como él dice, es sorpresa.

Una tenacidad muy cercana, una vitalidad parecida a la que ostenta todavía hoy, cuando cumple cien años. Sigue trabajando todos los días de la semana, de las nueve y media de la mañana a pasaditas las ocho de la noche, cuando sale a cenar, tomar vino, reunirse con amigos y fumar sus puritos holandeses. A veces me junto con él, y ese privilegio no hace más que confirmar que la vida no me debe nada: yo sí le debo a ella.

Hace poco, el presidente Lula da Silva lo fue a visitar en su estudio en Río. Vio sobre una mesa la caja de puros. “Oye, Oscar, ¿tú sigues fumando?” Y al oír la respuesta, se alegró: “¿Ven? Si él fuma y llegó a los 96, voy a seguir fumando para ver si llego a tanto…”.

Se equivocó el presidente: hace mucho que Niemeyer pasó de los 96. Y faltó recordar que no es éste el único hábito que el arquitecto de las curvas y de la libertad mantuvo intocable: sigue absolutamente leal a sus creencias, a sus amigos, mantiene una generosidad sin par, no cambió una coma en su manera de ver el mundo y la vida. Es un joven rebelde, y llegar a los cien no le quita ni un milímetro de sus principios de acero. Es dueño de una irremediable fe, profundamente humanista, en el futuro. Hace poco, alguien le preguntó por la ventaja y la desventaja de vivir tanto. No titubeó en su respuesta fulminante: “No soy pesimista, soy realista. El balance que hago de esa trayectoria es realista. No quiero hablar de la vida con el desprecio que ella se merece. No quiero recordar la miseria y la violencia, que crecen por todas partes, y ese futuro sin solución que nos quieren imponer como un destino. Prefiero pensar que algún día la vida será más justa, que los hombres ya no se mirarán buscándose defectos unos a otros, y que al contrario, habrá siempre la idea de que en todo existe un lado bueno. En ese día, uno tratará de ayudar al otro. Será cuando prevalezca la solidaridad”.

Esa preocupación con lo injusto de la vida y con la necesidad de preservar a cualquier costo la esperanza en un futuro igualitario es uno de los ejes alrededor de los cuales gira la existencia de Oscar Niemeyer. “La arquitectura no tiene ninguna importancia -dice uno de los mayores arquitectos de la historia contemporánea-. Lo importante es la vida, los amigos, la mujer amada y la necesidad de luchar para cambiar este mundo injusto.”

Dice también que la vida es un soplido: “Están los que aseguran que después de que me muera vendrán otras personas para ver mi obra. Pero esas personas igual morirán. Y vendrán otras y otras, que también morirán. La inmortalidad es una fantasía, una manera de olvidar la realidad”.

Quizá por pensar así no se haya preocupado jamás con la permanencia, en el futuro, de sus obras esparcidas por medio mundo. Prefirió seguir trabajando, creando. Cada vez que le preguntan cuál es su trabajo favorito, nombra al presente. Porque, claro, llega a los cien trabajando. Ninguna gloria lo afecta. Ganó todas las condecoraciones y todos los honores posibles, entre ellos el premio Pritzker, el Nobel de la arquitectura. Y siguió igual.

Están las obras de Brasilia, está el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi, al otro lado de la bahía de Río, y el Memorial de América latina, en San Pablo. Su diseño único está sembrado en Francia, Italia, Venezuela, Argelia: por todas partes hay marcas de ese Oscar Niemeyer que no hizo más que inventar maravillas, liberar la levedad y las curvas, desafiar lo imposible. De ese hombre que jamás se resignó a lo existente. Que por creer en el futuro se lanzó rumbo a él, lo atrajo, lo reinventó. Ahí están sus digitales.

Y él, a su vez, estará hoy, sábado 15 de diciembre, como más le gusta: al lado de su mujer, con quien se casó hace dos años luego de enviudar, rodeado por sus amigos más cercanos, viendo el paisaje de Río y empeñado en su permanente lucha por mudar ese mundo injusto y esa vida de desigualdad.

Mientras no lo logra, crea más y más belleza

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